El calabacín rara vez ocupa titulares, pero sostiene buena parte del recetario diario. Su perfil ligero y su sabor suave lo convierten en un comodín habitual en cocinas domésticas y profesionales.
Más allá de su discreción, es un alimento con base científica sólida. Según la Fundación Española de la Nutrición, destaca por su alto contenido en agua --más del 95%-- y su bajo aporte calórico, lo que lo sitúa como una opción clave en dietas equilibradas.
El secreto está en el agua
El principal enemigo del calabacín es también su mayor virtud: el exceso de agua. Una cocción inadecuada provoca una textura blanda y un resultado poco atractivo.
De ahí que técnicas como el salado previo y el secado resulten determinantes. Este proceso permite concentrar el sabor y mejorar el comportamiento en plancha o parrilla, evitando que el vegetal se deshaga.
Textura y corte
El tipo de corte condiciona el resultado final. Las láminas finas funcionan mejor en salteados rápidos, mientras que los formatos más gruesos resisten cocciones largas y rellenos.
Incluso en crudo ofrece posibilidades interesantes. En tiras finas o en espiral, mantiene un punto crujiente que encaja con aliños ácidos y quesos intensos, ampliando su versatilidad culinaria.
Calabacines
Un perfil nutricional
Más allá de la cocina, el calabacín tiene peso en la nutrición. Es una hortaliza rica en vitaminas C y A, potasio y ácido fólico, además de ser altamente digestiva.
Su composición, dominada por agua y con escasas grasas, favorece la hidratación y el control energético, lo que explica su presencia en dietas de control de peso o digestivas.
De la crema a la tortilla
En la cocina española contemporánea, el calabacín aparece en múltiples formatos. Las cremas suaves, calientes o frías, son uno de sus usos más extendidos.
También ha ganado terreno en la tortilla, donde sustituye parcialmente a la patata. El resultado es un plato más ligero, con un dulzor sutil que redefine el clásico.
El calabacín relleno responde a una lógica común en la cocina mediterránea. Comparte técnica con pimientos o tomates, adaptándose a rellenos de carne, pescado o verduras.
Este enfoque permite aprovechar su estructura, que soporta bien el horno sin perder forma, consolidándolo como base de platos completos y equilibrados.
La receta viral
La influencia italiana también ha dejado huella. La frittata, una especie de tortilla abierta, se ha integrado en muchas cocinas.
La chef Samantha Vallejo-Nágera ha popularizado su versión en redes. La clave está en combinar calabacín salteado y huevo batido, logrando un plato sencillo, pero técnicamente preciso.
El calabacín no compite en intensidad con otros ingredientes, pero su valor reside en la adaptabilidad y la técnica. Su aparente simplicidad exige control en el corte, el fuego y la humedad.
Receta de Samantha
Esta es la receta de la frittata de calabacín:
Calabacines, 2
Cebollas, 2
Huevos, 4
Yogur natural, 1 cucharada
Jamón York, 2 lonchas
Queso mozzarella, 4 lonchas
Aceite de oliva, al gusto
Sal, 1 cucharada
Lava los calabacines y córtalos en rodajas. En una bandeja de horno, coloca papel de horno y extiende por encima los calabacines cortados. Agrega, sal, aceite y pimienta negra y mételos en el horno a 200 grados durante 20 minutos.
Mientras, corta la cebolla en juliana. Luego calienta aceite a fuego alto en una sartén, y echa la cebolla cortada para que se caramelice.
En un bol bate los huevos y añade la cebolla bien caramelizada, el yogur, y los calabacines ya cocinados. Mezcla todo.
En un recipiente apto para horno, vierte la mitad de la mezcla, añade el jamón York y dos lonchas de queso y luego completa con el resto de la mezcla por encima.
Mételo al horno durante 15-25 minutos a 200 grados. Cuando termine, pon por encima las otras dos lonchas de queso mozzarella restantes y gratínalas. Y listo.
