Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenibles

Óscar Puente, ministro de Transportes y Movilidad Sostenibles Crónica Global

Examen a los protagonistas

Óscar Puente

Todo menos dimitir

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Óscar Puente (Valladolid, 1968, por mal nombre Oscargután y cosas peores) está plenamente convencido de que, como decía Baroja, vivir fuera del presupuesto es vivir en el error. Por eso no presentó su dimisión cuando el accidente de Adamuz ni la ha presentado tras la catástrofe del AVE Madrid-Andalucía. Ni la presentará si dentro de dos días, Dios no lo quiera, acontece otra desgracia ferroviaria.

El hecho de que, como ministro de Transportes, sea el máximo responsable de estos horrores no parece afectarle. Sale por la tele con aspecto contrito, sí, pero enseguida se las apaña para cargarle el marrón a algún currito de RENFE o la IDF, no a los mandos, que para eso los puso él en sustitución de notables cargos técnicos.

Y sin dudarlo: entre un especialista de lo suyo y alguien con el carné del partido, no hay color, siempre hay que colar al compañero, pues ya se sabe que en RENFE (y en todos lados) hay mucho fascista suelto.

Además de sacudirse de encima la responsabilidad por su tendencia al esprit de corps mal entendido, también ignora que tal vez no se ha invertido el dinero necesario para mantener las infraestructuras ferroviarias en condiciones. O que falta personal y el que vigila no puede levantarse de la silla ni para ir a mear.

Por no hablar de la liberalización impuesta por Europa y que nos trajo todos los trenes de Ouigo e Iryo a incrementar el desgaste causado por nuestros AVE. A más convoyes, más mantenimiento, ¿no? Pues parece que no. Y el trayecto Madrid-Sevilla, sin tocar desde que se inauguró en 1992.

El colmo de la desfachatez de nuestro hombre se da cuando deja de lamentar un rato las muertes ajenas para preocuparse por, según él, el calvario que se le viene encima con el accidente de marras. En ese momento, el verdugo se convierte en víctima y espera, tal vez, que nos compadezcamos de él.

Dice que es un hombre responsable porque se queda a dar la cara, cuando más le valdría reciclarse en monje cartujo o trapense. Y ya que se queda, se sacrifica y se presenta a las elecciones generales como número uno por Valladolid, su ciudad natal, donde también dejó un gran recuerdo por su simpatía, sencillez y anchura de miras.

A Óscar Puente ya lo detestábamos antes de las catástrofes ferroviarias, pero ahora ya no lo podemos ver ni en pintura porque nos basta con atisbar su jeta simiesca para desearle lo peor. No podíamos más de su chulería y de sus actividades tuiteras, pero lo de hacerse la víctima ya ha sido la gota que colma el vaso. Con más de cien muertos a la espalda, lo normal sería irse a casa y callarse, ¿no?

O igual no, ya que, fuera del partido, ¿quién lo va a contratar para nada? Eso sí, nadie le garantiza que vaya a durar mucho ahí dentro. Si ha tomado nota del final del delegado del gobierno en Madrid, que no se extrañe si el puto amo al que tanto hizo la pelota decide prescindir de él un día de estos.