Ayer celebramos (algunos) el centenario del nacimiento de Rafael Azcona (Logroño, 24 de octubre de 1926 – Madrid, 24 de octubre de 2008), un hombre que no debería haberse muerto nunca, ya que su visión del mundo nos vendría muy bien en la España actual, cuando la política se ha situado definitivamente en el terreno del esperpento.
Aunque publicó algunos libros, a Azcona lo recordamos principalmente por sus labores de guionista cinematográfico. Para maestros como Luis García Berlanga o Marco Ferreri. Y también de productos menos lustrosos, pero de los que sirven para llegar a fin de mes.
Bohemio dentro de un orden, Azcona nunca llegó a los extremos de lampancia del gran Perico Beltrán (Cartagena, 1927 – Madrid, 2007), actor y guionista a tiempo parcial y juerguista a jornada completa, así como gran erudito del mundo de los toros y el de la zarzuela (a mí me cantó una coplilla la noche que me lo presentaron en la Gran Vía madrileña) y amigo de Berlanga y de Fernando Fernán Gómez, al que le escribió El extraño viaje.
Cada uno de ellos se puso el mundo por montera a su manera. Beltrán, a lo bestia, cual bohemio de las memorias de Rafael Cansinos Assens. Azcona, de manera más profesional y fiable, convirtiéndose, probablemente, en el primer español que consiguió vivir casi exclusivamente de sus guiones cinematográficos.
Dejando aparte los trabajos alimenticios, tuvo la suerte de cruzarse con almas gemelas como Berlanga y Ferreri, a los que les escribió algunas de sus mejores películas. Azcona está detrás de El verdugo, El pisito, El cochecito, Plácido, La escopeta nacional…Fabricando un cine que supo extraer lo más cómico y descacharrante de la España de la época sin que la censura le cortara las alas (aunque tanto él como Berlanga se la jugaron con El verdugo, una crítica de la pena de muerte rodada en un país en el que se creía en la pena de muerte).
Resulta curioso que las mejores películas de esta pareja (recordemos cómo definió Franco a Berlanga: “No es comunista. Lo que le pasa es que es un mal español”) se rodaran en plena dictadura. Tras la trilogía de la escopeta, el gran Berlanga se despidió del cine con unas películas que no estaban a su altura. Como no estaban a la de Azcona sus últimos guiones. En cualquier caso, nos ayudaron cuando más lo necesitábamos, durante la grisura criminal del franquismo, con unas obras profundamente humanas que nada tenían que ver con los delirios imperiales de la Cifesa.
Aunque sus finales profesionales no fuesen demasiado gloriosos, somos bastantes los que aún los echamos de menos y a los que nos gustaría saber qué harían con estos tiempos modernos en apariencia, pero políticamente rancios a más no poder y plantados metafóricamente en los años 30 del pasado siglo.
