Cuando el amor (a Trump) no es suficiente
Cualquiera que elija libremente trabajar para Donald Trump es una persona de moralidad dudosa.
En cualquier caso, no es lo mismo liarse con el hombre naranja a perpetuidad que estar a sus órdenes durante cinco días, que es lo que ha hecho la inefable Katie Zacharia (nacida Kate Black), jefa de prensa del Donald que, solo debutar en el cargo, se convirtió en la rechifla de los Estados Unidos (consiguiendo unir en algo a la izquierda y la derecha, aunque nadie se lo agradeciera) con una presentación caótica de unos 15 minutos de duración en la que, entre otras gaffes, confundió a su marido con el presidente, se mostró sudorosa y confusa y dio la impresión de no saber muy bien qué estaba haciendo ante el atril (sus siguientes apariciones no mejoraron la media, precisamente).
Parece que esta mujer no solo se confunde, sino que genera confusión. Para empezar, se sabe que nació en algún lugar indeterminado de California, pero no en qué año. Se supone que, como fue adoptada al nacer, igual hubo algo de lío en los registros.
Licenciada en Derecho, nunca obtuvo el permiso para ejercer en California porque se presentó al examen para ello y lo suspendió. En vez de volverse a presentar, se fue a pasar una temporada en China con su marido, Tyler, productor de cine religioso a través de la benemérita compañía Angel Films (su única canita al aire es un crédito de productor ejecutivo en The Irishman, de Martin Scorsese, en atención, quiero creer, a que el cineasta pasó de muy joven por el seminario).
Criatura de MAGA de la primera hornada, Katie se dedicó a alabar urbi et orbi a Donald Trump y a difundir tuits para hablar maravillas de QANON, alertar a la sociedad norteamericana de que Hollywood era un reducto de satanistas pedófilos y colaborar profusamente en el Pizzagate, ya saben, lo de que los políticos demócratas, con Joe Biden a la cabeza, se reunían en el sótano de una pizzería de Washington para mantener relaciones sexuales con niños a los que luego se comían mientras daban vivas a Satanás.
Con esas credenciales, no es raro que acabara encontrando trabajo con el Donald, aunque al principio no era más que una asesora televisiva cuya misión consistía en avisar al jefe de cuando iba a salir por la tele, no se fuese a perder a sí mismo.
Como es habitual en él, Trump le dio el cargo de jefa de prensa tras una conversación de 15 minutos, ya que reunía lo fundamental: era rubia (de bote) y de una fidelidad perruna al universo MAGA (¿les he dicho que también era una implacable antiabortista? Qué sorpresa, ¿verdad?). Nadie le puso un micrófono delante para ver cómo se las apañaba con la canallesca o si sudaba más de la cuenta al hablar en público o si era capaz de distinguir al presidente de su marido. La echaron a los leones y que sea lo que Dios quiera.
Gracias a su despido fulminante, eso sí, cuando se celebre el Juicio Final, podrá decir en su descargo que solo estuvo cinco días el servicio de Trump, lo cual puede reducir su condena eterna. Superó en brevedad a Anthony Scaramucci, que ocupó su mismo cargo en 2017 durante el primer reinado del Donald y fue cesado al cabo de 11 días.
Está la cosa tan malita que el personaje teóricamente positivo de la semana es una señora que solo fue portavoz de la Casa Blanca durante cinco días, pero cuya involuntaria vis cómica la convierte en lo más digno de este domingo. Y me temo que esto solo puede empeorar.
