Cuando una empresa se encuentra en problemas, cualquier elemento añadido parece sumar indefectiblemente más incertidumbre. Es el caso de Volotea, que ha hecho dispararse todas las alarmas tras instar el preconcurso de acreedores.
Se trata de una medida que se enmarca en el proceso de refinanciación en el que trabaja desde hace meses; un simple movimiento defensivo para que la operación se desarrolle en las circunstancias más favorables posible.
La intención es positiva, pero el mensaje lanzado al mercado y a los consumidores, no tanto. Lo cierto es que a esta circunstancia se añade el cierre o hibernación de bases, las dudas sobre algunas aún operativas y la cancelación de vuelos en su programación de invierno.
De ahí que, en medio de esta suerte de campo de minas, el relevo en el puente de mando de su socio Aegean Airlines se torne especialmente delicado. La aerolínea griega representa una de las últimas esperanzas de la low cost, toda vez que lidera una iniciativa para capitalizar deuda, reforzar los fondos propios de Volotea y apuntalar su viabilidad, al menos a medio plazo.
Un movimiento, por lo demás, ordenado y planificado en la compañía helena, que no supondría mayor inquietud si la situación de Volotea fuera convencional. Algo que no se corresponde con la realidad. En un contexto complicado para el sector en general por el alza de los combustibles y el incremento de las tensiones geopolíticas, Aegean Airlines también tiene que afrontar sus propios problemas.
Es momento de hacer muchos números, muchas cuentas. De ahí el perfil financiero del nuevo consejero delegado de Aegean Airlines. La mera posibilidad de que aquéllas no salgan supone un nuevo foco de preocupación en torno a Volotea, agravado por su situación actual.
