Marco Sansavini, nuevo presidente y consejero delegado de Iberia
Suceder un nuevo episodio de la crisis que la alta velocidad sufre en España desde hace meses y subir los precios de los billetes de avión ha sido todo uno.
Y sobre este asunto llueve sobre mojado. Ya ocurrió a raíz del trágico accidente de Adamuz, que terminó de desencadenar la complicada situación en la que se halla inmerso el servicio del AVE. Por entonces, por cierto, corregido y aumentado por diversos factores que no concurren en la actualidad.
Fue precisamente este hecho el que hizo que se destapara la polémica por los pasajes disparados. Tanto, que la llamada presión popular llevó incluso a Iberia a limitar durante unos días el precio de su emblemático puente aéreo. El creciente coste de imagen amenazaba con superar los beneficios extraordinarios que pudiera obtener la aerolínea gracias a aquella coyuntura favorable.
Ahora el ruido es inferior porque el contexto ha sido un incidente de carácter menor, sobre todo si se compara con el terrible accidente acaecido en tierras cordobesas. Por lo tanto, el efecto inflacionista ha sido también inferior a aquél. Pero no se trata tanto del cuánto sino del qué. Y de que el transporte cumple una función que va más allá del objetivo (por otra parte, loable e insoslayable) de las empresas de lograr beneficios. Se trata de la cohesión social, de la dinamización de la economía, de potenciar una serie de interacciones básicas para algo tan sacrosanto en un sistema capitalista como es la generación de riqueza.
Es obvio que ni Iberia (el principal operador de la ruta Barcelona-Madrid) ni el resto de competidores son responsables de las innumerables deficiencias de la red de alta velocidad. Y que en una economía de mercado, el comportamiento de los precios viene dado por la inexorable ley de la oferta y la demanda.
Pero estos elementos son compatibles con la observación de la mencionada función múltiple que cumple el sector del transporte. Y también con sostener una imagen que vaya más allá de aprovechar la más mínima oportunidad para engordar el negocio. Sin mirar aquí y allá; sin tener en cuenta el contexto; sin pensar en la condición de elemento de un ecosistema cuyo funcionamiento óptimo depende de un buen número de equilibrios. Ningunearlos supone un perjuicio para todos.