El colapso ferroviario originado a raíz del incendio de una locomotora del AVE a la altura de Ricla (Zaragoza) vuelve a poner en evidencia las precarias costuras del gestor de infraestructuras estatal Adif.
Que los trenes de alta velocidad tengan que seguir circulando en vía única en ese punto del país durante más de una semana a causa del retraso en retirar el convoy quemado demuestra una falta de agilidad galopante.
Adif exige ahora a las compañías operadoras que cancelen y reorganicen sus viajes, trasladando así la carga de su demora a empresas y usuarios.
Y, mientras tanto, estaciones como las de Sants (Barcelona) y Atocha (Madrid) continúan sufriendo aglomeraciones, caos y falta de información.
Una vez más —y ya se ha perdido la cuenta—, el triunfalismo del ministro de Transportes, Oscar Puente, vuelve a quedar en pésimo lugar. "Vivimos la era dorada del ferrocarril", ha insistido el locuaz dirigente del PSOE en los últimos años. Nada más lejos de la realidad. Accidentes mortales como el de Adamuz —casi medio centenar de fallecidos y decenas de heridos—, incendios como el del pasado lunes, averías y retrasos casi sistemáticos son el nefasto balance de su gestión.
Si Adif pretende mantener la confianza de viajeros y empresas, debe modernizar urgentemente sus protocolos de mantenimiento y su capacidad de respuesta. Y evitar que cualquier incidencia paralice, como ahora, el transporte estratégico del país.
