Hay celebraciones que aspiran a unir a una sociedad y discursos que prefieren dividirla. Ignacio Garriga, secretario general de Vox, ha elegido lo segundo y lo ha difundido este 12 de octubre en la plaza del Rei de Barcelona, en un intento de convertir la Fiesta Nacional en un mitin bajo el lema "¡Reconquista!".
El mensaje, dirigido a movilizar al electorado ante las elecciones generales del 29 de noviembre, tuvo dos adversarios recurrentes: la inmigración y el islam.
Garriga ha hablado de "unidad" y ha pedido "olvidar rencillas", pero ha construido esa supuesta concordia sobre la imagen de una —supuesta— amenaza exterior.
En términos de una "invasión migratoria", ha presentado los próximos comicios como una elección entre "civilización o barbarie" y ha vinculado la seguridad ciudadana con la defensa de una identidad catalana, supuestamente en peligro.
El recurso no es nuevo. La palabra "reconquista" evoca una lectura del pasado en la que la convivencia contemporánea queda subordinada a un enfrentamiento medieval entre cristianos y musulmanes; el resultado es una narrativa que corre el riesgo de convertir a millones de personas, por su origen o religión, en sospechosas permanentes.
La seguridad, la gestión migratoria y la identidad cultural admiten debates legítimos. Lo que exige un examen riguroso es trasladar estas cuestiones a una explicación colectiva que asocia inmigración, delincuencia y deterioro de la convivencia sin demostrar que exista una relación automática entre ellos.
Gobernar exige distinguir datos de consignas y una campaña exige la misma responsabilidad de quienes aspiran a hacerlo.
