Pila amarilla a Woody Allen EFE
Un buen número de nuestros columnistas más progresistas se han escandalizado al ver a Woody Allen en compañía de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad autónoma madrileña, y José Luis Martínez-Almeida, alcalde de la ciudad de Madrid, principales productores (con dinero público) de la nueva película del director neoyorquino nonagenario.
En las fotos, a Woody se le veía entre perdido y ausente, que es su aspecto habitual de un tiempo a esta parte. Pero, sobre todo, agradecido de que alguien le pagara un largometraje, algo que en su país natal es prácticamente imposible desde que lo pillaron en la lista de amigos de Jeffrey Epstein (la puntilla después de las acusaciones, jamás probadas, de haber abusado de una de sus hijas adoptivas).
Nuestro progresismo oficial se ha escandalizado de que “nuestro Woody”, como así le llaman, haya caído tan bajo como para aceptar un encargo de los peperos de Madrid. Me gustaría saber en qué altar del progresismo habían colocado a Woody Allen todos estos indignaditos.
Vamos a ver, chicos, Allen es un cineasta que necesita rodar porque si no, se deprime, arruinándose en visitas al psiquiatra. Si en su país nadie le produce nada, el hombre se tiene que espabilar para detectar las ofertas internacionales más absurdas (aunque es del dominio público que fuera de Manhattan se pierde y se le va la olla con el guion porque hasta los de Queens le parecen extranjeros).
Ya atendió la llamada de Jaume Roures para rodar aquel espanto que fue Vicky Cristina Barcelona. Y ahora ha atendido la de los ayusers porque es muy triste pedir, pero peor es tener que robar.
Ningún cinéfilo en su sano juicio espera nada de la aún intitulada película madrileña de Woody Allen. De hecho, yo no espero nada de él desde Deconstructing Harry, y creo que, después de tantas películas notables, el hombre se ha ganado un merecido descanso a compartir con sus seguidores, que lo vemos como el cineasta que nos alegró la juventud con Annie Hall, Manhattan o Broadway Danny Rose.
Yo fui un gran fan de Woody Allen. Hasta que dejé de serlo. Eso sí, nunca se me pasó por la cabeza considerarlo “nuestro Woody”, ya que el hombre era de cualquiera que le cogiera el punto y no hacía falta convertirlo en un héroe generacional progresista, como hacen algunos de nuestros columnistas de guardia.
Ayuso y Almeida quieren su película madrileña de Allen para atisbar un poco de glamour y ampliar la fama de la ciudad como destino turístico. Lo mismo que hizo Barcelona hace unos años y que contribuyó a la constante invasión de guiris que sufre la ciudad desde entonces. La tendrán porque el señor Allen es un hombre serio y responsable que, además, no tiene mucho donde elegir.
Lo más probable es que, perdido en la Castellana, alumbre un esperpento que dé vergüenza ajena, como ocurrió con su aventura barcelonesa (que, curiosamente, funcionó muy bien en Nueva York).
Basta ya de apropiarse de los mitos, ¿no? Que ruede el viejo lo que quiera en Madrid, que es lo que le gusta y lo mantiene activo. Y en cuanto a las fotos con los presuntos representantes del fascismo que se nos viene encima a partir del 29 de noviembre, ¿cómo no se va a retratar un cineasta con quien le paga la película?