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El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu (Ciudad de México, 1963) se acaba de pegar un morrón sensacional contra la taquilla norteamericana. Las primeras recaudaciones de su última película, Digger, protagonizada por un Tom Cruise hipermaquillado para parecer un viejo carcamal, han sido escasas, tirando a penosas.

La prensa de Los Ángeles habla de unas pérdidas de 150 millones de dólares para la productora, por lo que creo que nuestro hombre debería empezar a preocuparse por su futuro en la meca del cine, donde vales lo que ha recaudado tu último largometraje.

Digger es una comedia feroz y antitrumpista que ha costado un dineral (quien le dio luz verde puede que ya haya sido cesado) y no ha interpelado especialmente al público. Tiene defensores, claro está, convencidos de que el señor Iñárritu ha sido incomprendido por la masa americana. Pero en América solo se puede vivir de cineasta incomprendido si tus películas cuestan dos millones de dólares o, a ser posible, menos.

Así funciona el sistema: la superpasta es para los blockbusters, y los presupuestos ajustados, para el cine de autor. Me temo que esas son las reglas y que el mexicano y sus padrinos en Hollywood se las han saltado, por lo que es muy probable que corra la sangre.

González Iñárritu pegó muy fuerte con su primera película, Amores perros, y no le fue nada mal con las siguientes, gracias, en gran parte, a los guiones de su amigo Guillermo Arriaga, con el que acabó fatal y creo que no han vuelto a dirigirse la palabra (igual el guionista tuvo el cuajo de decirle que sus películas eran obras conjuntas, teoría que no suele ser del agrado de ningún realizador).

Durante un tiempo, pareció que Iñárritu no sabía qué hacer sin el señor Arriaga, pero enseguida encontró socios para sus guiones y prosiguió con su carrera, en la que hubo un desvío a Barcelona con Javier Bardem para rodar una película, Biutiful, que no había por dónde cogerla.

Afortunadamente, en Estados Unidos mantenía su prestigio, que se cimentó al ganar varios Oscar con Birdman, protagonizada por Michael Keaton y aquejada de la misma confusión mental que la de Bardem.

Digger consiguió rodarse gracias al prestigio de González Iñárritu y la presencia de Tom Cruise. Pero luego resultó que casi nadie le veía la gracia y que absolutamente nadie quería ver en pantalla a un Tom Cruise avejentado e irreconocible, ya que el Tom Cruise que le gusta a todo el mundo es el de Misión Imposible.

En cualquier caso, no hay que sufrir por el mexicano: es rico de familia y tiene una finca magnífica en Asturias donde recuperarse de este inesperado fiasco dándole a la sidra y las fabes con almejas.