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Tres años después de abandonar la alcaldía de Barcelona, ciudad a la que dejó peor en impulso económico, proyección internacional y cohesión social, Ada Colau se perfila ahora como candidata a la presidencia del Gobierno del Frente Amplio, la coalición electoral de partidos a la izquierda del PSOE.

Antes de que el progresismo en España acepte la propuesta de Más Madrid de encumbrar a Colau al frente de esa lista, debería valorar bien el balance que dejó tras sus ocho años al frente del consistorio de la Ciudad Condal.

Su legado en el Ayuntamiento de Barcelona dista de ser el escaparate ideal para dar lecciones de gobernabilidad. Las empresas a las que declaró la guerra se cuentan por decenas, lo que lastró la actividad económica de la capital catalana, tal y como recoge hoy Crónica Global.

De poco le sirvió el populismo en materia de vivienda —pese a ser su gran bandera—, ni para evitar el deterioro de la seguridad en la ciudad. Por no hablar de los bandazos en urbanismo que dificultaron la movilidad y sumieron en la confusión a conductores y comercios.

Querer exportar este modelo a España requiere una dosis considerable de amnesia política, de torpeza y de desconocimiento. La pretendida plataforma electoral de izquierdas tiene en sus manos la decisión de aprender de los errores del pasado o de caer de bruces en ellos.