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Remando a su propio viento

A medida que te vas haciendo mayor, la industria del cine suele influir en tu ritmo a la hora de rodar películas. Una influencia para mal, como puede comprobar cualquier octogenario (que no sea Martin Scorsese) cuando intenta financiar su último proyecto.

Gonzalo Suárez (Oviedo, 1934 – Madrid, 2026) estrenó su último largometraje hace casi veinte años, y después solo pergeñó un par de cortos. Menos mal que le quedaba la literatura, oficio que siempre alternó con el de cineasta. Nunca volvió al de periodista, que fue el que le dio de comer en la Barcelona de la Gauche Divine a principios de los años 60 bajo el alias de Martin Girard (volvía de Francia, donde había pillado una esposa y a la que se sintió unido desde la infancia, cuando acudía al Liceo Francés de Madrid, donde lo había matriculado su padre, un profesor represaliado por el franquismo y gran estudioso de la obra de François Villon).

En Barcelona se inventó al investigador privado José Ditirambo, cuyas aventuras transcurrieron entre los libros y el cine, pero la acabó sustituyendo por Madrid, que era lo que hacía todo el mundo que quería dedicarse a la gran pantalla, entonces y me temo que ahora. El señor Suárez era un narrador ameno que no hacía distinciones entre la llamada alta cultura y la cultura popular, algo muy propio de la era pop de los 60, cuando gente seria como Umberto Eco o Terenci Moix se atrevían a escribir sobre cómics.

Lo mismo hizo en el cine, en películas como El extraño caso del doctor Fausto, Parranda, Remando al viento, Reina Zanahoria, Morbo y Al diablo con amor (protagonizadas por la siempre deliciosa pareja formada por Víctor Manuel y Ana Belén) o La regenta. Películas que se parecen unas a otras como un huevo a una castaña, pero da lo mismo, ya que, de un modo u otro, el autor aparece en cada fotograma con su bendito eclecticismo a cuestas.

Su último largometraje, Oviedo Exprés (2007), tuvo algo de testamento: un grupo de actores llega a Oviedo a representar una adaptación teatral de la obra inmortal de Leopoldo Alas, alias Clarín, en la que la ciudad asturiana aparecía levemente camuflada bajo el nombre de Vetusta. La mujer del alcalde se enamoraba del galán de la compañía y ya la teníamos liada. Suárez volvía a La Regenta, cuya adaptación ya había rodado tiempo atrás, volvía a su Oviedo natal (¿a modo de despedida?) y ponía punto final a su filmografía, aunque no estoy seguro de que fuese por decisión propia.

Coincidí con Gonzalo Suárez una sola vez en mi vida, durante un congreso de no sé qué en la ciudad de no sé cuál (disculpen mis difusos recuerdos, pero es que yo también tengo una edad). Mantuvimos una conversación que tampoco recuerdo, pero sí lo agradable que me resultó y lo cordial y simpático que era aquel hombre de cuya existencia yo me había enterado de niño en las páginas de la revista Fotogramas que compraba mi hermano mayor.

No volví a verlo, pero, afortunadamente, me quedan sus libros y sus películas para recordarlo con admiración, respeto y cariño.