La decisión de Junts de impulsar una propuesta de reprobación contra el president Salvador Illa, a modo de moción de censura encubierta, evidencia de nuevo la deriva de un partido sin rumbo y en busca de golpes de efecto para evitar su caída libre en las encuestas.
Aun sabiendo que su maniobra no tiene visos de prosperar, ni tampoco consecuencias reales o recorrido ejecutivo, los posconvergentes recurren al efectismo para intentar mantener a sus votantes. Incapaces de ofrecer una alternativa sólida y constructiva para el futuro de Cataluña, prefieren enrocarse en iniciativas estériles, en vez de marcar la agenda con medidas concretas para resolver los problemas de la ciudadanía —como la vivienda, los servicios públicos o la economía—.
La sombra del fugado Carles Puigdemont, a punto de volver tras su amnistía, y la incertidumbre sobre su liderazgo han terminado por paralizar a una formación que parece más ocupada en resolver sus tensiones orgánicas que en ejercer una oposición rigurosa.
Esa radicalidad, además, supone la vuelta a la confrontación partidista que caracterizó la infausta época del procés. Al forzar a otras fuerzas a posicionarse en votaciones vacías de contenido, Junts perpetúa la fragmentación y el bloqueo en la política catalana, y muestra su desconexión de las prioridades reales de los ciudadanos, ofreciendo gesticulación en lugar de soluciones.
