La confianza es uno de los intangibles de mayor valor en el mercado y en el ámbito empresarial. Más allá de los resultados y, en general, de los fundamentales, las compañías emiten señales acerca de su trayectoria, presente y, sobre todo, futuro que los inversores suelen captar con una inusitada habilidad.
De ahí que la manera elegida por Santiveri para refinanciar su deuda bancaria haya chocado frontalmente contra estos preceptos. Y ha llevado a no pocos a pensar que su situación es un tanto preocupante. Bien es cierto que la ya centenaria fabricante de productos dietéticos está al corriente de sus pagos. Y que ha sacado adelante el proceso de homologación. Pero éste también ha puesto sobre la mesa la contestación del sector financiero a esta fórmula.
Tampoco contribuye a la tranquilidad y la confianza la marcha del capital hace tres años de una de las ramas familiares, cuyos miembros aglutinaban un 40% del accionariado. Ni que se presentara en el juzgado de lo Mercantil con una "posibilidad de insolvencia" que se transformó semanas después en "insolvencia inminente".
A lo largo de cuatro generaciones, Santiveri ha sido un referente de los alimentos dietéticos. Los efectos de las turbulencias geopolíticas en los últimos años han generado tensiones en las cuentas y la tesorería de la compañía, que probablemente no ha escogido el mejor momento para implementar cambios profundos; en esos momentos en que la prudencia aconseja nadar y guardar la ropa. Cuando menos, el episodio de la homologación de la deuda ha generado un ruido a todas luces evitable. Salvo que el escenario sea realmente preocupante.
