Josep Vila (La Cellera de Ter, 1959) es el mandamás de lo que queda de la ANC y el principal responsable de lo sucedido en Barcelona durante la celebración el pasado viernes de la tradicional Diada del 11 de septiembre.
El hombre está convencido de que el independentismo, tras la debacle del 155, está empezando a recuperarse, como indicaría el hecho de que este año ha habido más manifestantes que el anterior. Cree, incluso, que se acerca un nuevo embat al perverso estado español que debería tener lugar en octubre de 2027, coincidiendo con el décimo aniversario de la ridícula asonada de Puigdemont y el beato Junqueras. A la enésima va la vencida, debe pensar el hombre.
Lo cual no le impide empezar su reinado (no había manera de que su antecesor, Lluís Llach, se dejara extraer del sillón de mando de la ANC) mintiendo. Me refiero al desagradable incidente que tuvo lugar en su escenario cuando salieron tres encapuchados sosteniendo una bandera española que luego procedieron a quemar.
Sostiene Vila que la ANC no tuvo nada que ver con la aparición de los tres maulets incendiarios, aunque se hubiese extendido previamente en el suelo una tela para impedir la posible propagación del fuego. Se supone que hasta la ANC dispone de una cierta organización con la que habría sido posible evitar la materialización de los pirómanos patrióticos, que, según Vila, aparecieron de repente sin que su agrupación hubiese podido preverlo.
No hay quien le crea. En los actos de los lazis nadie quema nada sin negociarlo con los organizadores. Lo del señor Vila se llama curarse en salud. Si alguien presenta una denuncia contra la ANC por la quema de una enseña nacional, nuestro hombre dirá que él fue el primer sorprendido ante la aparición de los del hoodie, que tan poco contribuye a sostener la patraña de que los nacionalistas no odian a nadie y que se manifiestan educadamente (¡Ni un paper a terra!).
¿No es la quema de la bandera de un país la más clara demostración de que se detesta a ese país? Lo mínimo que se le podría exigir al líder de la ANC es que reconociera su odio a España, que tampoco pasa nada: Silvia Orriols lo ha hecho, aunque su auténtica obsesión es el Califato, y ahí sigue, paseando sus quemaduras en la cocina por toda Cataluña.
El episodio de la bandera, evidentemente, ni ha sido comentado en la prensa lazi. Se considera normal, como los gritos de Puta Espanya. Aunque ambas cosas ofendan y molesten a más de la mitad de los catalanes, a la que ya le está bien ser una comunidad autónoma española. Y se considera normal porque ellos, los lazis, se consideran los únicos catalanes dignos de tal nombre. Los demás, ya se sabe, somos una colla de botiflerots.
Curiosamente, Josep Vila es pedagogo, aunque su manera de entender el oficio es francamente singular. Yo diría que una pedagogía que promueve el odio al vecino ni es pedagogía ni es nada, a no ser que consideremos que las iniciativas de Goebbels eran pura pedagogía. Lo que también podría ser.
