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Josep Lluís Trapero cierra su etapa como director general de la Policía de la Generalitat dejando un balance de gestión que avala su prestigio, pero con unas formas cuestionables.

Su dilatada trayectoria y su indiscutible peso público han aportado un capital de autoridad y liderazgo incalculable a los Mossos d'Esquadra durante estos dos años.

Bajo su dirección política, Interior ha logrado apuntalar logros tangibles, como el combate a la multirreincidencia a través del Pla Kanpai o la notable mejora de la seguridad en focos críticos como el aeropuerto de El Prat.

El desenlace de su etapa empaña esta gestión. Resulta inevitable lamentar que haya optado por dar un paso al lado a mitad de la legislatura, interrumpiendo su labor justo cuando los resultados empezaban a consolidarse, en lugar de aguantar hasta el final del ciclo político para dar máxima estabilidad al proyecto.

Asimismo, su incomparecencia en el Palau de la Generalitat durante el anuncio de su relevo dejó la imagen de una silla vacía innecesaria que evidenció las fricciones internas.

Un mando con su veteranía, experiencia y enorme simbolismo para el cuerpo habría engrandecido aún más su figura escenificando un traspaso ordenado.

Una despedida presencial e institucional habría puesto un broche de oro mucho más elegante a una etapa que, en lo operativo, ha sido claramente positiva.