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Todo un referente de empresa familiar en Cataluña, de las que parecen imperecederas en el tiempo, ha estado cerca de perder esta condición. A Santiveri le ha salvado la campana in extremis con la homologación de un plan de reestructuración que, no obstante, someterá a una notable presión al emblemático fabricante de productos dietéticos, al menos durante los próximos cinco años.

Es el tiempo acordado con algunos de sus acreedores para intentar volver a poner en orden unas finanzas que llevan años seriamente castigadas; incapaz de contener los costes y tras varios procesos de refinanciación que no han hecho sino agravar la situación, el equipo gestor de Santiveri se ha visto acorralado por una realidad marcada por la complejidad industrial, un mercado competitivo y, como efecto, una cuenta de resultados en permanentes dientes de sierra.

Muchas cosas tendrán que cambiar para garantizar la viabilidad de una compañía que lleva en pie más de 140 años. Y una por encima del resto: la llegada al fin de la estabilidad. El escenario financiero ha derivado igualmente en luchas intestinas que acabaron hace tres años con parte de la familia fundadora y accionista fuera del capital. No parece el mejor escenario para negociar con la banca; tampoco para hacer los esfuerzos necesarios con vistas a tratar de levantar el vuelo.

La homologación judicial del plan de reestructuración da oxígeno a Santiveri. Pero los gestores —como su presidente, Jorge Torres Mon, a la cabeza— no deben perder ni un minuto de esos cinco años que tienen por delante para revertir la situación. Una larga tradición, un más que apreciable legado a cientos de empleos están en juego. Demasiado botín para dejarlo en manos de la azarosa tendencia que ha marcado los resultados en los últimos años.