El deportador deportado
El pasado día 27 de agosto, agentes del ICE (los matones de Trump, para entendernos) detuvieron en Luisiana, donde se encontraba para ver un concierto de su amigo Kanye West, con el que trabajó durante su breve y ridícula campaña para la presidencia de los Estados Unidos, al agitador británico de extrema derecha Milo Yiannopoulos (Chatham, 1984). Dos días después, lo subieron al avión y lo deportaron a su país, con la excusa de que llevaba más tiempo en Estados Unidos del que le permitía su visado, algo que nunca había preocupado a las autoridades hasta que el señor Yiannopoulos se enemistó con Trump, se alejó de él y empezó a ciscarse en el mundo Maga a granel.
La verdad es que no hay mucho que lamentar en la deportación de Milo Yiannopoulos. Él mismo fue uno de los que más aplaudió la política de expulsiones del presidente Trump, hasta que se convirtió en la versión política del regador regado de los hermanos Lumière. Aunque homosexual, Milo fue el perfecto energúmeno de extrema derecha, y aunque se instaló en un país en el que ya abundaba la gentuza como él (a ver si ahora se puede apañar con Nigel Farage), la verdad es que acabó destacando. Además de echarle una manita a su compadre Kanye, el hombre llegó a director de Breitbart News, donde había brillado con luz propia ese gran americano que es Steve Bannon. Llegar a otro país y destacar entre el facherío local tiene su mérito, y no se lo vamos a quitar aquí. Lástima que perdiera el cargo por bocazas cuando, durante una entrevista, se manifestó a favor del sexo entre hombres adultos y chavales de trece años, aduciendo que estos podrían aprender muchas cosas útiles de sus violadores: lo que viene siendo un ciudadano ejemplar.
Lo echaron de Breitbart News, pero siguió dando la chapa ultraderechista desde radios, artículos de prensa y libros. Ya casi se había olvidado de su salida de pata de banco sexual cuando cometió el error de dejar de adorar al Donald y empezar a decir Diego donde antes dijo digo. La verdad es que entonces firmó su sentencia de muerte. Bastó con revisar su situación legal en el país para descubrir (¡oh, sorpresa!) que se había extralimitado en el uso de la hospitalidad norteamericana, se había convertido en un ilegal alien y, consecuentemente, se le podía echar a patadas del territorio nacional.
Dice el miserable que ahora se ha dado cuenta de la crueldad de las deportaciones y el maltrato de los matones del ICE. ¡A buenas horas mangas verdes, Milo!
