Un montaje con una foto de John Galliano de fondo

Un montaje con una foto de John Galliano de fondo Crónica Global

Examen a los protagonistas

John Galliano

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Un perdón que no llega

Estaba previsto que para mayo del año que viene, coincidiendo con la famosa Met Gala, el Museo Metropolitano de Nueva York inaugurara una exposición sobre el modisto John Galliano (Gibraltar, 1960; nombre completo, Juan Carlos Galliano Guillén) que constituyera su definitiva rehabilitación tras la borrachera antisemita que le arruinó la vida hace quince años en París, donde fue grabado en video soltando unas burradas descomunales en la terraza de un bar contra los judíos mientras hablaba bien de Hitler.

El artista no pasaba por su mejor momento. Se le había muerto el novio y le daba al frasco de una manera exagerada, lo cual no es lo mejor que puede hacer alguien de tendencias depresivas como él. Estaba el hombre pimplando en la terraza de un café parisino cuando se rebotó con los de la mesa de al lado y empezó a despotricar de ellos, de los judíos y de todo lo que se le pasaba por la cabeza. Y todo quedó grabado porque hoy día te puede buscar la ruina cualquiera que tenga un teléfono móvil.

Al día siguiente se le cayó el mundo encima. En plena resaca. Lo echaron de Dior, lo pusieron verde en todas partes, se disculpó como pudo (no sirvió de nada) y se convirtió en un apestado. Su inmenso talento no le fue de la menor utilidad. Todos se cebaron con él y más de uno en el mundo de la moda (plagado de víboras) se alegró de su monumental caída. Durante muchos años, nadie quiso tocarlo ni con un palo. Finalmente, se apiadaron de él en la Maison Martin Margiela y lo contrataron (intuyo que por menos dinero del que se merecía: la ocasión la pintan calva y antisemita).

No hubo piedad ni compasión para Galliano. Bastaba con ver los videos de su infame performance para darse cuenta de que estábamos ante un tipo hecho polvo al que se le había calentado la boca de la peor manera posible (nunca había hablado bien de Hitler ni mal de los judíos, siendo él mismo de origen semita). Pero contribuir a su hundimiento era una manera (miserable) de sentirse mejor persona. Y esa es una tentación muy en boga en el momento presente (la otra es subirse encima de un muerto para parecer más alto).

Su conato de redención lo llevó a cabo Anna Wintour, la todopoderosa editora de Vogue. La exposición del Met iba a ser la prueba de que la sociedad había perdonado a Galliano tras su desafortunado farfulle de antaño. Pero no ha podido ser. La élite judía de Nueva York puso el grito en el cielo. Contribuyentes de peso para el museo amenazaron con cortar el flujo de monises. Los tabloides de Murdoch volvieron a montar la pira en la que volver a quemar al borrachuzo boquirroto. Y al final fue este mismo quien dijo adiós a su exposición y que se iba a su casa, a seguir pidiendo disculpas por un arrebato estúpido que, a este paso, va a acabar definiéndole más que toda su apabullante obra.