Publicada

El cierre de la década de Salvador Alemany al frente del Gran Teatre del Liceu deja una herencia de luces y sombras. Nadie puede negarle al veterano empresario el mérito de haber devuelto la estabilidad financiera a la institución tras años de turbulencias.

Su disciplina contable y la apuesta por abrir el coliseo a las nuevas generaciones mediante iniciativas como LiceUnder35 dejan un balance contable saneado y una base social diversificada.

Sin embargo, el peaje de esta marcada prudencia económica ha sido un indiscutible desgaste en el brillo artístico. Durante este decenio, el Liceu ha funcionado más bajo la lógica del ajuste presupuestario que bajo la ambición propia de un gran templo de la lírica internacional.

La contención ha mermado la capacidad para programar grandes superproducciones y reunir repartos de primer nivel con regularidad, cediendo terreno e impacto mediático frente al empuje del Teatro Real de Madrid.

Tampoco su gran proyecto estratégico, el Liceu Mar en el Moll d'Espanya, ha logrado avanzar al ritmo que requería la institución. Concebido como una segunda sede dedicada a la danza y a la creación contemporánea, el plan sigue atrapado en una fase excesivamente embrionaria tras años de sobremesa corporativa.

Con la salida de Alemany en octubre, la responsabilidad recae en Salvador Illa, que deberá impulsar un candidato ante el Patronato. El perfil que asuma las riendas no solo tendrá que mantener la solidez financiera heredada, sino también devolver al coliseo barcelonés la audacia, el impulso artístico y la proyección internacional que ha ido perdiendo en la última década.