El discurso pronunciado por Marc Murtra en Foment del Treball aporta una dosis de realismo tan necesaria como oportuna al debate económico y geopolítico. Sostener que la seguridad debe ser la máxima prioridad de un país —situando el bienestar como una consecuencia directa de la misma— no implica relegar el progreso social, sino asumir que no existen estabilidad ni prosperidad posibles en un entorno vulnerable.
El presidente de Telefónica, avalado por su experiencia previa al frente de Indra, situó con precisión el eje de la competitividad futura: la soberanía tecnológica europea. En un mapa internacional convulso donde proliferan los ciberataques y los desafíos híbridos, depender de infraestructuras o soluciones ajenas a las fronteras comunitarias constituye un riesgo estratégico inasumible.
Vectores como la inteligencia artificial, la computación cuántica o la conectividad satelital exigen músculo financiero, dimensión industrial y un marco regulatorio que acelere la inversión en lugar de frenarla.
Resulta igualmente lúcida la mirada de Murtra sobre el papel de Cataluña en esta ecuación. Tratar la infraestructura tecnológica con el mismo rango estratégico que los transportes o la energía implica entender la naturaleza de los retos del siglo XXI. Cataluña no debe limitarse a consumir tecnología de terceros, sino alinearse con la concertación europea para garantizar su peso industrial y su autonomía operativa.
La intervención de Murtra trasciende la retórica empresarial para ofrecer una visión de Estado. Históricamente, los sistemas democráticos han prevalecido cuando han sabido respaldar sus valores con fortaleza técnica e industrial.
Al situar la defensa de los activos críticos en el centro de la agenda corporativa e institucional, el líder de la operadora señala la ruta correcta para que España y Europa decidan su propio destino.
