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Comprar un billete de tren con meses de antelación solía ser sinónimo de previsión y ahorro. Pero casos como el ocurrido recientemente a una clienta de Renfe muestran que, en ocasiones, puede acabar transformándose en una pesadilla.

La polémica, revelada por Consumidor Global, se inició cuando, después de adquirir con ocho meses de margen sus dos pasajes entre Zaragoza y Málaga, la clienta descubrió por casualidad que Renfe había cambiado sus horarios de forma unilateral. Y, al no encajarle la nueva hora impuesta, la mujer tuvo que cambiarlos por una ruta con transbordo. Sin embargo, cuando la compañía restableció los trenes directos originales, le exigieron pagar 64 euros adicionales debido a los "precios dinámicos" para recuperar el trayecto por el que ya había pagado.

El problema de fondo reside en tratar este ajuste como si fuera un capricho o una segunda modificación voluntaria del cliente, cuando en realidad fue la propia operadora la que alteró las condiciones iniciales del viaje. Los algoritmos de tarifas dinámicas no pueden aplicarse a ciegas sin tener en cuenta el origen de la incidencia, ni penalizar al usuario por intentar volver al plan que contrató con antelación.

Esta situación refleja una clara desprotección del consumidor. Aunque las incidencias en la infraestructura por temporales o accidentes justifican ajustes en el servicio, la gestión comercial no puede trasladar la factura de estos imprevistos al bolsillo del viajero. Algo a lo que se suma una atención al cliente con plazos de reclamación que se alargan hasta tres meses.

Renfe debe revisar urgentemente sus protocolos automatizados para evitar que la responsabilidad de los fallos operativos recaiga sobre los usuarios y que la previsión del viajero termine castigada con un sobrecoste injusto.