Nos dejó hace unos días el padre Lluís Bonet Armengol (Barcelona, 1931), un desconocido para el gran público que llevaba desde el año 2000 intentando lograr la beatificación de Antoni Gaudí.
Previamente, había sido el mandamás (o rector, que suena mejor) de la Sagrada Familia (su hermano, el arquitecto Jordi Bonet, trabajó en las obras de ampliación del templo y su padre, Lluís Bonet Garí, fue discípulo de Gaudí) entre 1993 y 2018.
Pese a sus esfuerzos, la beatificación del creador de la Sagrada Familia no parece avanzar a buen paso. Intuyo que sigue faltando algo fundamental para que te hagan beato (y posteriormente santo): un milagro.
Otra cosa sería que la misión imposible del padre Bonet la emprendiera una asociación fuerte y con contactos de postín en el Vaticano.
Recordemos lo corto que fue el proceso para beatificar y luego santificar al fundador de la secta conocida como Opus Dei, el baturro José María Escrivá de Balaguer, que en un santiamén se convirtió en el beato José María y poco después en San Josemaría, aunque nadie encontrara un milagro fetén que adjudicarle.
Como es bien sabido, la Iglesia Católica hace a veces excepciones en sus estrictas normas: recordemos las bodas de ricachones anuladas por la Sacra Rota a cambio de un estipendio. Y supongo que también consideró que no hacía falta un milagro para crear la figura de San Josemaría.
Como suele decirse en Cataluña: Pagant, sant Pere canta.
Sin el apoyo de una organización potente, nuestro curilla recién fallecido se tiró veintiséis años intentando convencer a la curia vaticana de la santidad de nuestro arquitecto favorito, lo cual lo convierte, casi, en un personaje de película de Werner Herzog o, si me apuran, en el propio Werner Herzog, quien, años atrás, al enterarse de que la influyente crítica cinematográfica alemana Lotte Eisner estaba gravemente enferma, recorrió a pie el camino entre Múnich, donde él vivía, y París, donde habitaba Eisner, con la idea desquiciada de que, si completaba su trayecto, se encontraría viva a su amiga (como así fue, aunque falleciera poco después: el hombre nos lo contó todo en su libro Del caminar sobre hielo).
Herzog dedicó una de sus mejores películas a un chiflado trascendental llamado Fitzcarraldo que se había propuesto construir un teatro de ópera en Manaos, en plena selva brasileña, y lo logró, aunque el teatro chapó y acabó embutido en la maleza.
Llámenme majareta, pero hay algo en el padre Bonet que me recuerda al mundo de Werner Herzog. Mientras todo empeoraba en el planeta Tierra, un cura de Barcelona dedicaba lo mejor de su tiempo a convertir a un eminente meapilas en beato.
Sin éxito, de acuerdo, pero con una entrega digna de admiración que a muchos les puede parecer una pérdida de tiempo y que probablemente lo es, pero que muestra una decisión, un coraje, una vehemencia en fe que me lo convierten en un personaje digno de aplauso.
