El tiranuelo nicaragüense Daniel Ortega (La Libertad, 1945) adoptó el pensamiento (inofensivo) de la gran Celia Cruz cuando se sublevó contra el dictador compinchado con los USA Anastasio Somoza (Tachito para los amigos) y contribuyó a la revolución sandinista. Se trataba de eliminar la funesta obra de Tachito y fabricar un país decente, pero luego se lo pensó mejor y llegó a la conclusión de que la dictadura, en sí, no era un mal régimen político: todo dependía de quién la ejerciera. Por eso está ahora enganchado al sillón presidencial con Super Glue y acaba de decirles a sus compatriotas que las elecciones están sobrevaloradas y que se olviden de ellas, pues no piensa desengancharse en lo que le quede de vida. Es como lo de Pedro Sánchez, pero a lo bestia. Si el uno teme el advenimiento del fascismo, el otro le tiene terror a la posibilidad de que las gane una persona semi decente.
Todas las dictaduras comunistas se rigen por el mismo patrón. Primero, ganas, y luego te conviertes en el tipejo al que has derrocado. Le pasó a Fidel Castro con Batista y a Ortega con Somoza. Durante unos (pocos) años, le alegras la vida a la izquierda internacional, que se cree que por fin ha salido alguien que se atiene al guion escrito por Marx y Engels y va a hacer las cosas bien (pese a todos los ejemplos previos de que al manual de instrucciones de los grandes hombres les faltaban algunas piezas). Pasó con Rusia. Pasó con China. Pasó con Cuba. Y pasó con Nicaragua, que se convirtió en la niña bonita de los progresistas de finales de los años 70 (incluido el bueno de Joe Strummer y su grupo, The Clash, que le dedicaron el álbum Sandinista).
Tengo amigos muy queridos que se fueron a Nicaragua a echar una mano con la revolución. Uno de ellos figura ahora en un comité internacional anti-Ortega que se las ve y se las desea para que la comunidad internacional haga algo con ese sujeto despreciable (y la arpía de su esposa, Rosario Murillo, la Imelda Marcos del comunismo). Pero dicha comunidad internacional parece haberse desentendido de lo que les ocurra a los nicaragüenses (pese a que, hace ya muchos años, nos advirtieron de lo que se venía encima Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina (sí, los de los perjúmenes que sulibeyan: lo cortés no quita lo valiente). Ortega solo sale muy de vez en cuando en los periódicos anunciando la nueva atrocidad contra su pueblo que se le acaba de ocurrir.
Parece que el progresismo es como Gerald Ford, aquel presidente de los Estados Unidos del que se decía que era incapaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo, y no sabe diversificar sus causas: no hay quien le saque del monocultivo de Gaza. Igual cree, como Sánchez, que Ortega podría ser sustituido por el fascismo. Hay gente para todo.
