La presidenta del Consejo de Administración de Limak Construcción, Ebru Özdemir
La presidenta del Consejo de Administración de Limak Construcción, Ebru Özdemir, afronta el episodio más oscuro desde que su compañía asumió la reforma del Camp Nou.
Las grandes obras se miden por los plazos, por el presupuesto y por la calidad del resultado. Pero, sobre todo, se miden por algo mucho más importante: la seguridad de quienes las hacen posibles.
La muerte de un trabajador de la subcontrata Ayoki durante las obras del Camp Nou supone un golpe irreparable para un proyecto que hasta ahora presumía de unos índices de siniestralidad reducidos.
Que haya habido pocos accidentes nunca puede convertirse en un argumento de éxito cuando uno de ellos acaba siendo mortal. En prevención de riesgos laborales no existen los balances positivos si una persona no vuelve a casa.
Será la investigación la que determine qué falló y si se incumplió algún protocolo. Sin embargo, al margen de las responsabilidades administrativas o penales que puedan derivarse, existe una responsabilidad ineludible de dirección.
La empresa que lidera una obra de esta magnitud debe garantizar que todas las empresas subcontratadas trabajan bajo los máximos estándares de seguridad y que los protocolos preventivos se aplican con absoluto rigor en cada tarea y en cada jornada.
Limak Construcción no es, por el momento, la señalada como responsable directa del accidente. Pero quien dirige un proyecto de semejante envergadura también asume el deber de velar por una cultura de seguridad que no admita excepciones ni relajaciones.
Porque ningún calendario de obras, ningún récord de ejecución y ningún éxito empresarial pueden compensar la pérdida de una vida humana. Esa es una mancha que ningún expediente podrá borrar.