The winner takes it all. Veolia se perfila como la adjudicataria clarísima de la macrolicitación de agua más grande de la historia reciente en Cataluña, tras obtener la mejor puntuación tanto en la fase técnica como en la económica. El resultado deja un mapa claro en el Área Metropolitana de Barcelona (AMB): la firma francesa se queda con los ocho municipios del concurso —valorado en 1.000 millones de euros— y Aqualia pierde los dos en los que ya prestaba servicio, Molins de Rei y Sant Andreu de la Barca.
Para su CEO, Santiago Lafuente Pérez-Lucas, la derrota resulta especialmente amarga. Ni la maniobra de trasladar el comité de dirección a la capital catalana el pasado otoño, ni los contactos institucionales, ni la alianza estratégica al 50% con Global Omnium han bastado para evitar que se les escurra el gran contrato de la década.
El tropezón metropolitano acentúa una paradoja incómoda para la dirección de la empresa. Mientras en el ámbito internacional la gestión de Lafuente exhibe músculo con adjudicaciones en Japón, consolidación en el mercado francés y nominaciones en los Global Water Awards, la implantación en el mercado doméstico sigue encontrando resistencias operativas y reveses administrativos. A la falta de tracción en Cataluña se suman los precedentes de adjudicaciones tumbadas en los tribunales contractuales en plazas como Daimiel o San Javier, así como la dependencia de prórrogas en concesiones históricas como la de Vigo. Aqualia demuestra una notable capacidad para competir y ganar en escenarios globales complejos, pero la plaza catalana continúa consolidándose como una asignatura pendiente para el gigante del agua.
