Juan Carlos Monedero, cofundador de Podemos
Castigado de nuevo
Al ínclito Juan Carlos Monedero (Madrid, 1963) lo han vuelto a pillar con el carrito del helado. Se equivocaron quienes pensaban que iba a controlar su rijosidad y se iba a comportar en su condición de profesor de universidad. No ha sido así, y en la Complutense de Madrid lo acaban de suspender durante un año de sus funciones docentes por su inveterada costumbre de acercarse a las alumnas con intenciones lúbricas.
Yo no sé a lo que se habría acostumbrado este hombre cuando andaba por Venezuela haciéndole la pelota a Nicolás Maduro, pero acaba de darse cuenta de que las cosas no funcionan igual en España. Puede que, en Caracas, nuestro ilustre tirillas tuviese más éxito con las chicas, que lo veían siempre enganchado al autobusero en jefe, pero todo parece indicar que aquí lo de ser comunista y haber participado en la creación de un partido político, Follemos (perdón, Podemos), no tiene ni la mitad de glamour.
Evidentemente, había gente peor que Monedero (y Errejón) en Podemos. Pensemos en aquel que se fugó a Cuba después de haber violado repetidamente a una menor en Galicia. O en aquel amiguete de Yolanda Díaz que ha sido noticia últimamente por haberse beneficiado presuntamente a otra durante un año, mientras la iniciaba en el sadomasquismo.
No, Monedero nunca llegó a tanto. Lo suyo era rentabilizar el esfuerzo de desasnar políticamente a sus alumnas más crédulas a base de caricias y tocamientos no especialmente demandados. Conclusión: denuncia que te crió. Unas cuantas. Hasta el punto de que en la Complutense han tenido que obsequiarle con un año de vacaciones para que reflexione sobre su peculiar manera de ir por el mundo universitario en particular y el mundo en general. Dúchese con agua fría, Monedero, a ver si se le pasa el calentón.
Resulta triste y un pelín ridículo que alguien que hace unos pocos años venía a salvarnos a todos de nosotros mismos quede acreditado como un sobón y, para sus alumnas más jóvenes, un viejo verde.
Cierto es que no tiene mucho que hacer desde que los americanos le extrajeron de Caracas a su querido Nicolás, pero siempre se puede acercar al Retiro a pasar unos buenos ratos echando pan a los patos. O escribir un libro. O quedar con su amigo Errejón para vigilarse mutuamente y esquivar así las denuncias por conducta sexual impropia que les caen con la misma frecuencia que los pennies from heaven de la famosa canción: con unos cursillos de actuación, hasta podrían interpretar una nueva versión de La extraña pareja.