Una vida desperdiciada
Nos dejó hace unos días el reputado etarra Jesús María Zabarte, Josu para los amigos, que alguno tendría (Mondragón, 1945–2026). Tenía 80 tacos y un aspecto lamentable: demacrado, calvo, con las orejas destrozadas por el peso de los pendientes, una enorme chapela y un bigote a lo Village People que igual consideraba, como Donald Trump, el colmo de la virilidad.
El llamado Carnicero de Mondragón (un apodo que nos permite intuir por dónde iban los tiros, nunca mejor dicho) la ha diñado sin arrepentirse de nada, pese a haber asesinado (ejecutado, según él) a 17 personas y haberse chupado casi 30 años de cárcel.
Era presencia habitual en los mítines de su compadre Arnaldo Otegi, un hombre que siempre se ha mostrado muy comprensivo con los asesinos en serie vascos.
Nuestro Josu era de los que agitaban el árbol para que a los cabestros del PNV les cayeran las nueces, por lo que no es del todo descartable que le pongan una estatua en la plaza de su pueblo o, por lo menos, una placa en reconocimiento a todo lo que hizo por Euskadi.
Y es que el hombre, en su profunda burricie, debe haberse muerto creyendo que había sido un patriota ejemplar que hizo lo que pudo por la liberación del terruño.
Este sujeto cerril debió pensar que con cada pobre desgraciado que quitaba de en medio daba un paso de gigante hacia la independencia del País Vasco. Nada más lejos de la realidad. Solo perpetraba un crimen absurdo tras otro mientras acumulaba años de condena: pasarse 30 años entre rejas es esquivar la existencia de la manera más idiota; y asesinar (o ejecutar, si así lo prefiere el difunto) a 17 seres humanos es de una miseria moral cuya única excusa, que ya nadie se cree, es la patria, real o soñada.
Seguro que Otegi y la gente de su calaña ven en la foto del tipo de la chapela y el bigote de leatherona a un héroe de Euskadi, pero yo solo veo a un viejo imbécil que desperdició vidas ajenas y la suya propia, a un tipo al que, más que enterrar, habría que meter en una bolsa y arrojarlo a la basura.
No sé qué educación recibió, si es que recibió alguna (intuyo la presencia de algún cura patriótico como los de las novelas de Aramburu), pero es evidente que no le sirvió ni para nada práctico ni para nada espiritual.
Si existiese el paraíso y San Pedro le preguntara a nuestro Josu qué hizo en la vida, me temo que la respuesta sería corta: “Maté a gente que no me había hecho nada y eché mi vida a los cerdos”.
En cuanto acabe este artículo me olvidaré de este despojo humano. Que lo recuerde entre lágrimas Arnaldo Otegi. Y los seguidores de los serial killers patrióticos que, para nuestra desgracia, los hay y hasta dan lecciones de democracia en el Parlamento español, ¿verdad, Maite?
