Víctor Gonzalo de Aldama Delgado (Madrid, 1987) iba de entrepreneur más o menos legal hasta que su hermano Rubén le presentó a José Luís Ábalos, para el que trabajaba en condición de escolta. Ese encuentro debió ser el equivalente mangui del día en que John Lennon conoció a Paul McCartney y ambos cambiaron para siempre el futuro de la música pop.
Antes de la era Ábalos, el señor Aldama se dedicaba a cosas tan poco lucrativas como presidir el Zamora Club de Fútbol y ejercer de cónsul honorario de Georgia en esa misma ciudad.
Igual todo formaba parte de un plan para hacerse con el poder en Zamora, pero, como decían los antiguos, Zamora no se ganó en una hora (especialmente desde un consulado honorario y un club de fútbol, aunque hay que reconocerle a nuestro hombre que, durante su presidencia, el Zamora subió de tercera división a segunda B).
Víctor de Aldama acabó ganándose la fama, aunque tal vez no por los motivos adecuados. Como miembro de la banda de Ábalos, lo pillaron también con el carrito del helado y se chupó un par de años de trullo. Pero luego se puso a cantar, no ha dejado de hacerlo y la justicia lo ha premiado, por su inestimable colaboración, con lo más parecido a un indulto que tenía a mano: una condena de cuatro años que no tendrá que cumplir si arrima un poco el hombro en lo del trabajo social.
A Ábalos le han caído 24 años de talego. A Koldo, 15. Aldama, por su parte, a la calle, que aún le queda mucho por largar sobre sus antiguos amigos o partners in crime, según como se mire.
A mí me parece normal: si colaboras con la justicia, siempre te trata mejor que si haces como Ábalos y te emperras en que eres inocente y en que antes morir que revelar donde has metido todo lo que has trincado. Pero a los sociatas en general y al gobierno de la nación en particular la cosa les ha parecido escandalosa.
Parece que no hayan visto películas de mafiosos, de esas en las que, en un momento determinado, el agente del FBI de turno le dice al mafioso detenido de medio pelo: “Dame unos nombres e igual por ahí te salvas”.
Casi todo el mundo sabe que Víctor de Aldama, pese a su glorioso nombre, es un mangante de manual. ¿Es un corrupto (aunque no de menores)? Sin duda. Pero un corrupto no va a ninguna parte si no encuentra a un corrupto de categoría. Y si ese corrupto forma parte del gobierno español, todo lo que se haga para retirarlo de la circulación es justo y necesario, aunque el corruptor se convierta en un delator.
Al señor Aldama aún no le ha llegado la hora de guardar silencio. Le espera Leire Díez y, probablemente, Santos Cerdán. Y no descartemos que también el Number One.
