¿Es posible que José Luis Ábalos Meco (Torrent, 1959) estuviese llamado para la delincuencia de cuello blanco (aunque con caspa) desde la infancia, como parecen sugerir su segundo apellido y el nombre del pueblo levantino en el que nació? What’s in a name?, se preguntan los angloparlantes.
No sé qué decir, pero a la vista de los resultados, no hay que descartar la influencia nefanda de un nombre y un pueblo en una, en principio, tierna criaturita.
José Luis Ábalos se ha puesto como las cabras con la condena que le ha caído. Le ha parecido desmesurada, aunque no ha sabido dar ninguna explicación razonable a su enriquecimiento de los últimos años fruto de los chanchullos organizados con su fiel Koldo y su mucho menos fiel Víctor de Aldama, con quien la toma con saña, tildándolo de delator.
Es un truco un poco de patio de colegio, donde la figura del chivato nunca ha estado muy bien vista. Lo que pasa es que en el colegio puedes optar por el más viril de los silencios porque lo máximo que te puede pasar es que el profe te coja manía o el director del centro te expulse unos pocos días.
Pero en el mundo de los adultos, la diferencia entre delatar y no delatar suele consistir en irte al talego unos cuantos años. Y eso es algo por lo que el señor Aldama no está dispuesto a pasar: ya tuvo bastante con los dos años que se cascó hace un tiempo.
Víctor de Aldama será un delator, pero también es una estrella mediática, como demuestran sus frecuentes apariciones en el chiripitifláutico programa de televisión de Iker Jiménez, Horizonte (al que suelo referirme como Chorizonte, dado que el discurso siempre gira en torno a los mangantes nacionales, y si son del PSOE, aún mejor).
¿Para qué debería quedarse sin poder admirar el brilli-brilli de Carmen Porter o las inenarrables camisas de Eduardo Inda, como no fuese en el televisor de la celda? Aldama es un corrupto y un delator, sin duda, pero, a su manera, está colaborando con la justicia para que no tengamos que volver a soportar a un ministro que trinca lo más grande y, no contento con eso, nos pasa las facturas de sus furcias.
Aldama no es un héroe, pero Ábalos tampoco es el ciudadano inocente, destrozado por la derecha, la extrema derecha, la prensa, los jueces fachas y hasta el Pentágono que dice ser, confiando en que alguien se lo trague.
Para ahorrarse los presentes sinsabores, a Ábalos le hubiera bastado con rechazar las propuestas de Aldama y, ya puestos, denunciarlo a la autoridad competente, de la misma manera que si Koldo se hubiese quedado en Euskadi podría haber llegado a ser un notable aizkolari sin problemas con la justicia.
Como decía la copla, Manolete, Manolete, si no sabes torear, ¿por qué te metes? O sea, Joselete, Joselete si no sabes ni robar, ¿por qué te metes?
