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Carles Puigdemont (Amer, Gerona, 1962) se aburre de mala manera en su mansión flamenca y, de vez en cuando, se ve obligado a decir cosas para recordarle a la humanidad en general y a los catalanes en particular que existe y no ve la hora de volver al terruño para darse baños de multitudes como los del papa León XIV.

El problema es que, como no pinta nada, su manía de entrometerse en todo no le arroja resultados muy euforizantes. Véase su campaña para la visita del Papa, que no sido particularmente exitosa.

Cuando vio que su Santidad se acercaba a España y tenía intención de aterrizar en Barcelona, Puchi urgió a sus seguidores para que me lo escracharan a conciencia con pancartas independentistas y reivindicadoras de la lengua catalana, que, según él, se iba a ver ninguneada en las previstas alocuciones papales (gracias al gobierno central, el colonial y el arzobispo de la ciudad, un baturro malévolo que no quiere saber nada de la lengua propia de Cataluña, que era la única que utilizaba Antoni Gaudí).

Luego envió a su fiel Miriam Nogueras a que le diera la chapa al Papa durante su visita al Congreso, eficazmente secundada por Eduard Pujol, aquel señor que decía que le perseguía por las calles de Barcelona un agente del CNI en patinete. La una le dio la turra en inglés patatero y el otro, en italiano, aunque ambos (¡y el Papa!) hablan español perfectamente (mal que les pese a los de Junts).

Sendas llamaditas de Puchi a Omnium y la ANC para que envenenaran patrióticamente el ambiente en Barcelona no obtuvieron el resultado apetecido, ya que ahí no se veía ni una estelada (preocupante predominio de enseñas españolas y vaticanas, que tienen los mismos colores, para más inri) y las esperadas masas reivindicativas no aparecían por ningún lado.

Menos mal que unos cuantos cantores airados intentaron reventar el acto del Papa en la Sagrada Familia lanzándose a cantar Els Segadors y a gritar aquello de In, Inde, Independencià (aunque la policía los trincó antes de que pudieran cargárselo todo y los sacó al exterior para que gritaran cuanto quisieran).

La capacidad de reacción de Puchi es escasa. De ahí que la visita del Papa transcurriera en santa paz en Barcelona, pero el hombre siempre está a tiempo de repartir unas cuantas broncas entre la ANC, Omnium, la Plataforma per la llengua y demás entidades patrióticas que no parecen estar por lo que hay que estar. Total, nada puede reprochársele.

En su posición de villano en su rincón flamenco, el hombre hace lo que puede para destrozar la convivencia, pero ya han pasado los tiempos en que las masas se apuntaban a un bombardeo y lo único que puede hacer es vigilar a su fiel Comín para que no se lleve la cubertería de plata de la Casa de la República.