Publicada

Hace unos días, en el Palacete Albéniz de Barcelona, se rindió un homenaje de alto copete a Juan Antonio Samaranch (Barcelona, 1920 – 2010), en agradecimiento a su fundamental contribución, como presidente del COI, para que su ciudad pudiese acoger unos juegos olímpicos en 1992.

Estaban el alcalde, el presidente de la Generalitat y el rey de España. Y se trataba, intuyo, de intentar poner fin a esa maldición que, a causa de su pasado, le ha caído en Cataluña a Samaranch y que le ha impedido, hasta ahora, tener una calle a su nombre en su ciudad y demás alegrías post mortem reservadas a grandes figuras de la historia local (maldición extensible a Dalí, por haber ejercido de fan delirante del Caudillo, o a Montserrat Caballé, por no haberse apuntado nunca al separatismo y haber llegado a echar pestes del bendito prusés).

Hace décadas que dura la maldición Samaranch. Los progresistas y los nacionalistas (no hay que confundirlos nunca) lo consideraban un facha, y con razón.

Pero como reconoció Narcís Serra tras la nominación de Barcelona para el 92, “Desengañaos: hemos conseguido la olimpiada gracias al facha”. Y ciertamente, a partir de ahí, el proactivo Samaranch interpretó un nuevo papel, uno más en su larga lista, con el que seguir manteniéndose a flote en una sociedad que ya no era la de su querido general Franco. Y es que la vida de este hombre ha consistido, básicamente, en medrar bajo cualquier circunstancia.

Falangista y socio del Real Madrid (desde 1940), ejerció diversos cargos políticos durante el franquismo, mientras seguía moviéndose por ambientes deportivos (fue un gran deportista en su juventud) que lo acabarían acercando al Comité Olímpico Internacional.

Fue procurador de las cortes franquistas y presidente de la diputación de Barcelona entre 1973 y 1977. Con la llegada de la democracia, hubo que deshacerse de él y lo enviaron de embajador a la Unión Soviética (lo cual no le impidió fundar Concordia Catalana, un partidillo con tufo franquista que no llegó muy allá, lógicamente).

En 1980 alcanzó la presidencia del COI y (se supone que) se puso a trabajar en serio para otorgar una olimpiada à la ville de Barcelona, cosa que acabó logrando, aunque fuese obligado a cohabitar con toda clase de rojos y demás gentuza.

Desde un punto de vista progresista, el hombre nunca pagó por sus pecados ni se vio condenado a ninguna clase de ostracismo. Se le perdonó todo, salvo, tal vez, por los separatistas, su fidelidad al Real Madrid.

Cuando yo era pequeño, se estrenó una película titulada Molly Brown, siempre a flote, protagonizada, si no recuerdo mal, por Debbie Reynolds. Y aunque nunca se rodó un largometraje titulado Juan Antonio Samaranch, siempre a flote, debería haberse hecho, pues pocas expresiones definen mejor la experiencia vital de ese falangista reciclado en demócrata porque a la fuerza ahorcan y aquí, de lo que se trata, es de seguir viviendo como Dios, sean cuales sean las circunstancias.