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La lluvia no se puede controlar. La comunicación con decenas de miles de personas que han pagado más de 100 euros por una entrada, sí. Y ahí es donde el Primavera Sound volvió a tropezar en una piedra que ya conocía.

Alfonso Lanza dirige uno de los festivales más prestigiosos de Europa, una maquinaria que presume de excelencia organizativa y capacidad para anticipar cualquier detalle. Por eso resulta difícil entender que, ante una previsión meteorológica adversa conocida desde horas antes, miles de asistentes se encontraran atrapados entre mensajes contradictorios, accesos cerrados, desalojos mal explicados y comunicados que llegaban tarde o a través de redes sociales cuando la incertidumbre ya se había instalado en el recinto.

Nadie discute que la seguridad debe prevalecer sobre cualquier concierto. Si las condiciones hacían imposible celebrar las actuaciones de Massive Attack, Doja Cat o Bad Gyal, la cancelación era la decisión correcta. Lo que genera malestar no es tanto el qué, sino el cómo. Durante horas, buena parte del público no supo si estaba siendo evacuado, si podía volver a entrar, si los conciertos seguían en pie o si el festival había terminado para ellos.

La escena descrita por los asistentes —más policía que información, más rumores que explicaciones— no encaja con un evento que mueve millones de euros y que aspira a competir con los grandes festivales internacionales. Menos aún cuando el propio Primavera había advertido durante el día de la llegada de lluvias y viento y que, por lo tanto, hasta recomendaban traer un chubasquero y calcetines de recambio.

La organización ha anunciado la devolución de las entradas de día y ha defendido que actuó conforme a los protocolos de seguridad. Probablemente sea cierto. Pero cumplir el protocolo no exime de rendir cuentas sobre una gestión comunicativa que dejó a miles de personas desorientadas durante horas. En un festival de estas dimensiones, la experiencia del público no termina en el escenario: también depende de que alguien le explique qué está ocurriendo cuando las cosas se tuercen.