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Ada Colau vuelve a instalarse en la política de la agitación.

La exalcaldesa de Barcelona ha decidido alinearse con las huelgas docentes y los cortes que están complicando el día a día de miles de familias catalanas, en una nueva demostración de que su modelo sigue basado en el conflicto permanente y la presión callejera, igual que el sindicato Ustec que lidera estas protestas pese al acuerdo entre el Govern, CCOO y UGT.

Mientras padres y alumnos sufren las consecuencias del caos educativo, Colau prefiere ejercer de activista antes que aportar soluciones, y así se lo reprochó ayer Alberto Fernández Díaz en el programa Els Matins de TV3, recordando cómo el "jarabe democrático" que durante años legitimó la dirigente de los Comuns justifica hoy bloquear la movilidad y fastidiar a las familias, que son las principales perjudicadas por unas movilizaciones interminables.

No es casual que reaparezca en plena crisis educativa, cuando en su entorno vuelve a especularse con un posible salto a la política nacional, incluso como líder del espacio que se encuentra en fase de reconfiguración a la izquierda del PSOE, que anhela perfiles mediáticos y basados en la confrontación y el populismo emocional.

El problema es que Cataluña ya conoce bien esa fórmula, pues Barcelona sufrió durante años una gestión marcada por el ruido ideológico, la polarización y la incapacidad para resolver problemas reales de quien un día se reivindicó como activista y hoy se pasea en los platós como tertuliana.