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Ladran, luego cabalgamos

El piragüista (y agente de la Policía Nacional) Saúl Craviotto (Lérida, 1984) llevaba una vida apacible practicando sus dos vocaciones hasta que el alcalde de su ciudad lo eligió para pronunciar el pregón de las fiestas locales. En ese momento pudo catar la hostilidad que algunos catalanes, que creen ser todos los catalanes, dedican a esos conciudadanos que, para ellos, no es que no acaben de serlo, sino que son la viva imagen de la anti catalanidad.

Desde que se supo lo del pregón, el lazismo local no ha dejado de protestar por la identidad del pregonero. Lo de que se trate de un policía del país ocupante no les ha gustado nada. Y en cuanto a su brillante carrera deportiva (triunfos olímpicos en Pekín 2008 y Río de Janeiro 2016, cuatro campeonatos europeos y tres mundiales), no parece causarles ni frío ni calor. Pero lo que más les exaspera es que el hombre, en su momento, se manifestó en contra del referéndum independentista de Cocomocho y a favor de la aplicación del artículo 155 de la Constitución para poner fin al sindiós nacionalista. A partir de ese momento, como tantos otros, el señor Craviotto vio su nombre apuntado a perpetuidad en la lista de malos catalanes.

Si nunca hubiese ganado nada por haberse negado a participar bajo pabellón español, los indepes lo adorarían, no pondrían en duda su catalanidad y lo considerarían uno de los suyos. Y como no aparenta serlo, vamos a amargarle el pregón, que, finalmente, se celebrará a puerta cerrada.

Los lazis tienen tendencia a confundir el todo con las partes. Para ellos, la única Cataluña que existe es la suya, la de los independentistas sometidos al yugo español. Si les dices que se puede ser catalán y español a la vez (como le ocurre a la mayoría de los habitantes del paisito), gritan “¡Anatema!”, se rasgan las vestiduras i et diuen el nom del porc. Siguen convencidos de que el referéndum de Puchi representaba a la mayoría de los catalanes, y quien les lleve la contraria será enviado a la fachosfera (siempre han creído que nacionalismo y progresismo eran conceptos sinónimos), incluido en la lista de enemigos de Cataluña y condenado al ostracismo.

Su idea de alguien que represente lo mejor de la ciudad sería alguien como Pablo Hasel, al que deberíamos haber sacado del trullo para leer el pregón de las fiestas de Lérida de este año a ritmo de rap costroso. ¿Un deportista? ¿Un policía que ni siquiera es mosso d´esquadra? ¡Ni hablar del peluquín!

La lectura del pregón en plaza pública habría conducido directamente a un conato de linchamiento, pero hubiese sido lo suyo para demostrarles a los dueños de Lérida (y de Cataluña) que viven en una realidad paralela que, eso sí, se infiltra constantemente en la auténtica (y a menudo con la ayuda de políticos presuntamente socialistas de los que cabría esperar una actitud diferente). Pese a un govern que cree haber instituido la paz social (a costa de ceder en casi todo ante el lazismo, ¡así cualquiera!), los indepes siguen dando y retirando carnés de catalán. Y así nos luce el pelo.