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Ya he perdido la cuenta de las veces que han cambiado de prisión a Rosa Peral a causa de las tanganas que organiza y el mal rollo que crea a su alrededor.

La principal protagonista del llamado crimen de la Guardia Urbana (hizo que su amante eliminara a su novio y que pareciera que el responsable fuera su marido, ¿recuerdan?) se está consagrando como la reclusa más problemática de Cataluña.

Tras ver que no colaba su presunción de inocencia, parece haberse propuesto amargar la vida de sus carceleros hasta límites nunca conocidos.

Ahora me la han cambiado de trena porque se descubrió que estaba planeando un ataque contra una funcionaria que le caía especialmente mal. Y caerle mal a Rosa siempre ha equivalido a jugarse la vida.

Y si no, que se lo pregunten a aquel ciudadano al que pretendió ejecutar desde el talego por persona interpuesta, recurriendo a unos sicarios (también se libró porque la policía se enteró a tiempo del destino que se le había reservado, pero supongo que el susto no se lo quita nadie).

Creo que, en su nuevo hogar, la señora Peral coincidirá con Ángela Dobrowolski, la que intentó cargarse a su marido, Josep Maria Mainat, así que, si esas dos unen sus esfuerzos, me temo que les espera un futuro complicado a sus anfitriones.

Todo parece indicar que Rosa Peral es más mala que la tiña, y espero no estar jugándome la vida al escribir estas líneas, dada su habilidad para encargar asesinatos desde la cárcel.

Para calmarla, añadiré que siempre me ha parecido una mujer muy atractiva y con un semblante muy dulce, pero no sé si con eso me salvo. La verdad es que el personaje me fascina porque es como una versión local de las grandes mujeres fatales del cine clásico norteamericano.

Ya saben, Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces o Barbara Stanwyck en Double indemnity. Pero más de barrio, más nuestra. Puede que otra hubiese decidido portarse bien, para ver si le acortaban un poco la condena.

Pero Rosa, que parece una mujer muy orgullosa, ha hecho todo lo contrario, optando por convertirse en el terror de la prisión que la acoja.

Vamos a ver qué tal se porta en su nueva residencia. Muchas luces, no debe tener, ya que cada nueva fechoría (el crimen por encargo, la venganza contra una funcionaria, lo que se le ocurra próximamente) debe estar añadiéndole años a su condena.

Pero da la impresión de que todo se la sopla y se ha hecho a la idea de pasarse encerrada lo que le queda de vida. Eso sí: convirtiendo en un infierno la de quienes la rodean.