El cineasta John Waters, en una imagen de archivo

El cineasta John Waters, en una imagen de archivo PEN American Center / Fotomontaje CG

Examen a los protagonistas

John Waters

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El Papa de la basura

Parece que fue ayer cuando el cineasta norteamericano John Waters empezó a hacer cine underground e irritar a los biempensantes con sus desquiciadas comedias ambientadas en su Baltimore natal, de donde no se ha movido en toda su vida porque con el microcosmos local va que chuta, pero el hombre acaba de cumplir sus primeros 80 añitos.

Fue el escritor William Burroughs quien lo bautizó como The Pope of Trash (El papa de la basura), al que Waters conoció de jovencito, tras una adolescencia dedicada a tragarse todos sus libros. Les unía la homosexualidad (Burroughs estuvo casado, pero se cargó a su mujer de un disparo cuando jugaban a ser Guillermo Tell y ella sostenía inseguramente una manzana en la cabeza) y una visión claramente alternativa del arte y de la creatividad.

Waters empezó rodando películas con cuatro duros que nunca salían de la marginalidad más voluntaria. Jamás pensó en hacer carrera en Hollywood, aunque la acabaría haciendo a su manera, llegando a tener de protagonista a Kathleen Turner (Serial Mom), aunque siempre regresando a Baltimore, Maryland, al final del rodaje.

Fue con lo más friki de Baltimore con lo que alternó de adolescente, y de donde sacaría el material (más o menos) humano para sus películas de serie Z. Su principal cómplice fue la delirante diva Divine, que era en realidad un amiguete con sobrepeso llamado Harris Glenn Milstead (Baltimore, 1945 – Los Ángeles, 1988) y que protagonizó varias películas de su primera época, como Female trouble o Pink Flamingos, en la que, por necesidades del guion, la pobre Divine se acababa comiendo un zurullo de perro (secuencia por la que es conocido el largometraje, ¡hasta para quienes no lo han visto!).

Puede que su película más lucrativa fuese Cry baby (1990), de la que salió una comedia musical de éxito en Broadway. No es que el hombre, por una vez, tuviese puesto el ojo en la taquilla, sino que sonó la flauta por casualidad. De hecho, era un delirio más de Waters en su línea habitual: otra historia de ambiente juvenil muy americana, con mucha música y mucho instituto y mucho amor entre diferentes.

John Waters siempre ha vivido en su propio mundo, tanto física (dice que en Baltimore encuentra de todo) como mentalmente. Le privan los años 50 americanos, con sus familias cutres y sus estudiantes rebeldes y sus canciones con mucho saxofón. Nunca ha querido ir más allá y ni falta que le ha hecho. De ahí que su relación con Hollywood haya sido siempre una especie de coitus interruptus: voy, ruedo y me largo, que me esperan todos los frikis del estado de Maryland.

Hay quien le reprocha no haber crecido, no haber aceptado encargos, no haber batallado más por el estrellato y por el dinero, pero esta especie de Pee Wee Herman ha acabado haciéndose famoso por no dar su brazo a torcer jamás. Solo ha querido rodar comedias desquiciadas (a ser posible, sin salir de Baltimore) con familias absurdas e hijos aún más delirantes en las que, para él, subyace siempre el espíritu de América. ¡Feliz cumpleaños, tío John!