Publicada

Gracias por todo

Cosmopolita y de padre diplomático, la brasileña Beatriz de Moura podría haber escogido cualquier ciudad europea para quedarse a principios de los 60, pero eligió Barcelona, algo que los locales nunca hemos acabado de agradecerle como convendría.

Esther Tusquets le ofreció trabajo en la editorial Lumen y le presentó a su hermano, Óscar, el arquitecto, con el que se casaría y cuyo apellido utilizaría para bautizar su nueva editorial, que sigue bien activa a día de hoy (mi amigo Javier Melero acaba de publicar ahí su último thriller, Crímenes decentes).

La fundación de Tusquets se remonta a 1969, cuando el hombre (o los americanos) llegó a la Luna, hecho que, según ella, la acabó de convencer de que la época era la adecuada para las gestas. Junto a Jorge Herralde (Anagrama), Beatriz fue la voz editorial más importante, juvenil y estimulante de los años 70, 80 y 90.

En mi adolescencia y juventud, Tusquets y Anagrama eran las editoriales a acosar si querías publicar algo, y Beatriz editó mi primer libro de ficción, una colección de relatos titulada La vida mata, o La Vila Matas, como enunció Enrique durante una de nuestras frecuentes noches de copas de los años 80.

Beatriz llevaba tiempo alejada de la vida social barcelonesa por culpa de su Alzheimer, que se la acabaría llevando por delante hace unos días, a los 87 años de edad, pero, cuando yo la conocí, era una de las mejores anfitrionas de la ciudad literaria (Jorge montaba fiestas, Beatriz recibía en casa).

Recuerdo un apartamento (diseñado por Tusquets, creo) en el que la bañera estaba al lado del salón (deliciosas excentricidades de la época), en el que se reunía un conglomerado intergeneracional de letraheridos. En eso, Beatriz era muy generosa: no solo invitaba a los amigos de siempre, sino a chisgarabises juveniles como un servidor de ustedes o su amigo Sergio Vila Sanjuan, actual mandamás del suplemento cultural de La Vanguardia, ¡y nos trataba como si fuésemos seres humanos!

Un día, Sergio y yo estábamos entrevistando a Mario Vargas Llosa en el restaurante de Antonio López de Lamadrid (el compañero de muchos años de Beatriz, tristemente fallecido hace ya algunos años) y, como nos alargábamos e íbamos a llegar tarde al papeo, el gran Toni nos interrumpió para decirnos: “Podéis seguir cuanto queráis, pero os advierto que están saliendo las croquetas y tienen muy buen aspecto”.

Para mí, esa frase resume a la perfección el tono que se gastaba en Can Tusquets. Jorge Herralde siempre iba al grano, con Beatriz se permitían las digresiones. Además de una gran persona, Beatriz de Moura siempre tuvo un ojo excelente a la hora de publicar: recordemos el éxito de El amante de Marguerite Duras o el redescubrimiento de Milan Kundera, cuyos libros en francés acabó traduciendo personalmente al español, haciendo de puente entre dos idiomas que no eran el materno.

Estos días, Oscar Tusquets ha estado colgando en Instagram fotos juveniles de su exmujer, con la que siempre mantuvo una relación excelente. En una de ellas, Beatriz se está riendo a mandíbula batiente, y así es como la recuerdo yo. ¡Qué gran chica!