Los datos acompañan y dibujan una tendencia a la baja en los indicadores de delincuencia en la noche de Cornellà (Barcelona). Pero la realidad, que se impone en cuestión de segundos en un aparcamiento o a la salida de una discoteca, sigue dejando escenas difíciles de ignorar.
El refuerzo de los dispositivos policiales en las zonas de ocio nocturno es evidente. El operativo Fermades, coordinado con el conocido Plan Daga, ha introducido una presión constante que hace apenas unos años parecía impensable, con una estrategia que intenta anticiparse a cualquier suceso. La lógica es clara: si las armas blancas no entran en el circuito del ocio, no hay posibilidad de que se utilicen.
Sin embargo, el caso de A.M., apuñalado en el párking de una discoteca, devuelve a la superficie la pregunta incómoda: ¿hasta qué punto es suficiente? Porque basta un solo cuchillo, un solo grupo violento y unos pocos segundos para que toda la arquitectura preventiva se resquebraje.
En ese equilibrio trabaja Emilia Briones, responsable política de una estrategia que funciona, aunque todavía no lo suficiente. La concejal ha apostado por una estrategia sostenida, técnica y coordinada, alejada de soluciones simplistas, pero también implica asumir un desgaste político constante: cada nuevo incidente, por aislado que sea, cuestiona la eficacia del sistema en su conjunto.
Briones ha logrado contener el problema. Ahora le queda lo más difícil: hacerlo desaparecer.
