Yo he venido a Madrid a medrar
Se presentó en Barcelona el magno proyecto político de Gabriel Rufián e Irene Montero para unir a las izquierdas a la izquierda del PSOE (o para que ambos puedan seguir pintando algo en el panorama político español) y ejerció de maestro de ceremonias el inefable Xavier Domènech, al que recordamos por haber sido alguien en los Comunes y, sobre todo, por haberse besado en la boca con Pablo Iglesias en el Congreso, ante la mirada estupefacta del resto de sus señorías.
Domènech cumplió sobradamente sus objetivos, pues llegó a comparar a Montero con la Pasionaria y a Rufi con Robespierre (¡quien tiene un amigo, tiene un tesoro!). Lamentablemente, su admiración a esos dos peassos de líderes diodenales no parece haberse contagiado al resto de la sociedad, ya que todo el mundo se ha mostrado muy discreto a la hora de analizar el encuentro, en especial el sector lazi adscrito a ERC, que parece estarse muriendo de ganas de señalarle a Rufián la puerta de salida que le abrió Joan Tardà hace años, cuando el chaval era un prometedor militante de Súmate, aquella plataforma que debería ejercer de banderín de enganche del charneguismo al independentismo y de la que nunca más se supo.
Viendo a Montero y Rufián, mi difunta madre habría dicho probablemente aquella frase que tanto le gustaba: “Ahí se han juntado el hambre y las ganas de comer”. Y no le habría faltado razón. Montero, por un lado, ve que Podemos no progresa adecuadamente y está dispuesta ya a pactar con quien haga falta para asegurarse su propia supervivencia (hasta con Sumar, pese al asco que le tiene a Yolanda Díaz). Por el otro, Rufián parece cansado de ejercer de charnego oficial de ERC y, como el Leporello de La flauta mágica, quiere hacerse el gentilhombre y dejar de servir.
También yo creo que lo suyo en ERC se ha acabado. Lo que propone, sí, es absurdo: que un partido separatista encabece una coalición de la izquierda española. Y diría que él lo sabe. A Rufián, simplemente, se le ha quedado pequeño el partido en que lo metió Tardà y aspira a ser un líder a nivel nacional (o estatal, que dirían en ERC) y a no moverse de Madrid, que es donde uno medra y se divierte y los camareros le llaman don Gabriel.
Si los republicanos lo echan, le hacen un favor, pues se queda, aparentemente, solo ante el peligro pero, apoyado por todos esos españoles que se han creído que es la gran esperanza de la izquierda nacional (o estatal), puede dar lo que Mao llamaba el gran paso adelante.
Gabriel Rufián siempre ha sido un personaje típico de la picaresca española. Viendo el destino que le esperaba en su Santa Coloma natal, se apuntó al independentismo. Luego se fue a Madrid (solo por año y medio, hasta que llegara la anhelada independencia), donde sigue a día de hoy, y de donde no hay Dios que lo saque.
Dado el estado catatónico de la izquierda española, ha visto la ocasión de pillar cacho y no piensa desaprovecharla. Utilizará a Montero mientras le sea útil y luego se la quitará de encima. Para mí que ya está pensando en las puertas giratorias y el consejo de administración en el que se colocará cuando la política no le rente.
