Enrique Vila-Matas, escritor

Enrique Vila-Matas, escritor

Examen a los protagonistas

Enrique Vila-Matas

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El hombre que es literatura

Se ha otorgado el primer premio AENA de literatura (a Samanta Schweblin, escritora argentina) y es de esperar que vayan remitiendo las opiniones negativas a su respecto, aunque las merezca (el premio, no la señora Schweblin, contra la que nada se puede decir).

El galardón de marras ha suscitado todo tipo de críticas dentro y fuera del mundo literario: que si no se puede ir regalando dinero público a escritores (Planeta que haga lo que quiera, que para algo es una empresa independiente), que si un millón de euros es una cifra obscena para un mundo de muertos de hambre y pobres de solemnidad, que si los premios fetén de otros países dan prestigio, pero no dinero…

Todos esos comentarios me parecen justos y necesarios, pero prefiero plantear la cuestión en otros términos: ¿Y si ese kilo me cae a mí? Que es lo que habrán pensado, intuyo, los cinco preseleccionados, a quienes un millón de euros más en su cuenta corriente les habría cambiado la vida a mejor (con el kilo del Planeta, Eduardo Mendoza se compró un apartamento en Londres). Ya se sabe que el dinero aparca las cuestiones morales.

Como las aparco yo para decir que me habría hecho ilusión que la pasta hubiese ido a parar a manos de Enrique Vila Matas, un genuino enfermo de literatura que, en cierta ocasión, hace muchos años, mientras nos embriagábamos en el bar Zigzag de la capital catalana, me dijo: “Yo no hago literatura: yo soy literatura”.

Conocí a Enrique a principios de los años 80, cuando publicaba libritos fascinantes y no siempre comprensibles que no compraba nadie. Hicimos amistad y, junto al cineasta Gonzalo Herralde, nos bebíamos la noche. Yo le envidiaba porque se dedicaba en exclusiva a la literatura, sin necesidad de trabajar en la prensa o la docencia, y porque tenía la impresión de que era lo más parecido a un poeta maldito que iba a conocer en mi vida (en esa época, Enrique vivía en un piso propiedad de su padre, quien también le pasaba una asignación mensual para sus gastitos).

No puede decirse que las cosas le fueran bien, pero escribía a diario, publicaba, no vendía y volvía a escribir. Era como si se sintiese predestinado para su oficio. Y el tiempo le dio la razón, a él y a su padre, que pudo comprobar que no había estado tirando el dinero durante años. De repente, Enrique vendía libros y contaba con el aplauso de la crítica. Aquello significaba el triunfo de la voluntad, que diría Leni Riefenstahl: el escritor obsesivo se había salido con la suya, después de encajar, intuyo, un montón de indirectas destinadas a convencerle de que se buscara un trabajo estable.

Por eso me hubiese gustado que le cayera el millón de machacantes de AENA, la prueba definitiva de que no se había equivocado cuando escribía a diario libros que casi nadie compraría. El hombre ha tenido que picar piedra para imponerse en el ámbito nacional e internacional, y el kilo habría sido un premio a la contumacia (y no en el error).

No ha podido ser. Pero otra vez será, estoy convencido. Y, mientras tanto, enhorabuena, señora Schweblin.