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Gabriel Rufián continúa su gira promocional para tratar de impulsar una difusa —y confusa— alianza de partidos que se consideran de izquierdas de cara a las elecciones generales del año que viene.

El portavoz de ERC en el Congreso intervino ayer, junto a la eurodiputada de Podemos Irene Montero, en un acto en Barcelona, en el cual volvió a pedir a su partido que intente liderar dicha coalición. Una idea que, por razones obvias, la formación secesionista del indultado Oriol Junqueras ni se plantea.

"Le pido a mi partido que intente liderar esto. Y si me va el cargo, me voy a mi casa", llegó a manifestar Rufián ayer. Una frase que se presta a la chufla, pues recuerda bastante a cuando, hace ya más de una década, se estrenó como diputado en las Cortes españolas prometiendo que permanecería en su escaño "18 meses", al creer que tras ese año y medio Cataluña ya sería independiente del resto de España.

Esos 18 meses se han convertido ya en casi once años, y no parece que Rufián esté, ni mucho menos, por la labor de cambiar su acomodada vida en Madrid.

Al mismo tiempo, no deja de ser sarcástico que quien hoy se presenta como una suerte de paladín del progresismo español haya sido, desde sus inicios en la política, un acérrimo defensor de la insolidaridad territorial —ahí están sus críticas a tener que pagar las becas comedor de sus primos de Jaén, cuando apenas era un desconocido militante del chiringuito secesionista Súmate— y de pedir una financiación privilegiada para una autonomía rica como Cataluña. Sin olvidar cuando, en el infausto septiembre de 2017, empujó con uno de sus célebres tuits a que el entonces presidente de la Generalitat de Cataluña, el hoy fugado Carles Puigdemont, declarara la ruptura respecto al resto del país, tildándolo de traidor por no atreverse a ello.