Publicada

El ejercicio de la política debe incluir obligatoriamente elevadas dosis de responsabilidad y también de coherencia. Los políticos están llamados a algo tan relevante como la administración de la cosa pública y para hacerlo a su manera deben contar con el respaldo ciudadano, que no dudarán en solicitar de forma insistente. Pero una vez que lo consiguen y se convierten en cargos electos no deben olvidar los mensajes y las ideas que les han llevado hasta allí.

Son éstos y éstas las claves para haber sido elegidos por una ciudadanía que, por lo tanto, entenderá mal que el modo de actuar del político se desvíe de la doctrina que proclama. Al fin y al cabo, resulta muy difícil creer a alguien cuando defiende una determinada manera de actuar si es el primero en no seguirla. O, incluso peor, de hacer lo radicalmente opuesto.

El caso de Eulàlia Reguant es paradigmático. Buena parte del apoyo logrado en su día por la CUP llegó de aquellos que se vieron representados por las posiciones del partido y sus principales dirigentes, como era su caso, contra el negocio inmobiliario y la especulación. Reguant se encargó de difundir doctrina al respecto mientras su familia ha vivido de este ramo durante décadas. Sin renunciar a aquello que, bajo los preceptos que ha defendido, es tan negativo para la ciudadanía y contra lo que merece la pena luchar.

Muchos ciudadanos se entregan por completo a los movimientos políticos, hasta el punto de que llegan a condicionar su vida y manera de comportarse. La frustración que genera un sentimiento de engaño como este puede derivar en tomas de decisiones lamentables, tanto en el plano individual como en el colectivo.