El empresario Tatxo Benet, frente a una obra de su Museo de Arte Prohibido que coloca a Francisco Franco en una nevera de refrescos
A pesar de su considerable fortuna, la gestión empresarial de Tatxo Benet viene mostrando un patrón preocupante. Varias de sus compañías han terminado en concurso de acreedores y han dejado una retahíla de quebrantos e impagos que afectan a trabajadores y proveedores.
Estos penosos antecedentes evidencian que su ejecutoria al frente de las sociedades mercantiles no siempre garantiza estabilidad y empleo, sino que puede derivar en un descalabro con implicaciones judiciales.
En su papel como presidente del lobby separatista FemCat, la trayectoria de Benet adquiere otra dimensión mayor. El prestigio de esa y de cualquier entidad depende de la confianza que inspire quien la encabeza. Un historial marcado por múltiples quiebras no solo arruina la imagen particular de Benet, sino que enerva la credibilidad de la institución que representa. A la vez, genera entre los asociados y el mundo corporativo serias dudas sobre su capacidad de liderazgo.
Esta cualidad entraña, en primer término, cumplir a rajatabla los compromisos adquiridos. Y no hay que olvidarlo, constituye la norma fundamental tanto de los caballeros como de los hombres de negocios honorables.