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El pasado jueves, el cantante inglés Steven Morrissey, en arte Morrissey, a secas (Manchester, 1959) volvió a protagonizar una de sus ya míticas espantadas (ya hay quien le llama el Curro Romero del pop).

Fue en Valencia, donde se le esperaba para actuar esa noche, pero el concierto fue cancelado porque el pobre hombre no había podido pegar ojo la víspera y se había levantado, según él mismo destacó, en estado catatónico. La culpa fue suya: los organizadores le habían colocado en un agradable y tranquilo hotel de las afueras, pero él se empeñó en pernoctar en el centro de la ciudad. Le informaron de que estaban empezando las fallas (propongo que lo conviertan en un ninot y lo quemen el año que viene), pero a él se la sopló. Luego, claro, el bochinche fallero le impidió pegar ojo, y el insomnio lo pagaron sus fans (que se lo perdonan todo) con la cancelación del concierto.

Morrissey se dio a conocer en los años 80 como cantante del grupo The Smiths, cuyas canciones componía a medias con el guitarrista Johnny Marr. Grupo melancólico donde los haya, cosechó una gran respuesta en la generación siguiente a la mía. Grabaron grandes canciones (y otras que no lo eran tanto) en las que la voz siempre emotiva de Morrissey solía despertar una reacción sentimental entre sus seguidores. El tipo es un buen cantante, pero, sobre todo, es un intérprete muy personal cuya voz, como les digo, funciona muy bien a nivel emotivo.

Con la disolución de los Smiths, el futuro sin el socio musical ideal que era el señor Marr de un cantante y letrista como Morrissey podría haber sido negro en una carrera en solitario. No fue así. El hombre encontró a los músicos perfectos para seguir adelante y grabó una serie de discos interesantes (mi favorito es You are the quarry, en cuya portada aparece blandiendo una metralleta, vaya usted a saber por qué, ya que su especialidad siempre ha sido hacerse la víctima de un mundo cruel e insensible con la gente como él, ¡si es que existe!).

El problema de Morrissey siempre ha estado en su actitud, errática, pero muy opinionated, que dicen los anglos. Vegano feroz, ha sido capaz de abandonar un escenario porque le llegaba el olor de una hamburguesa que se estaba zampando uno de los asistentes (ha dicho que comer carne es un crimen comparable a la pedofilia, que ya es decir).

Políticamente, pasó de detestar a Margaret Thatcher a quejarse de que los ingleses estaban perdiendo su identidad y a simpatizar con un partido de extrema derecha cuya banderita lució en un programa de televisión. Hipocondríaco perdido, son incontables los conciertos que ha anulado por los motivos más pedestres. Ah, y cuando publicó su autobiografía en Penguin, se empeñó en que se incluyera en la colección de clásicos…

Pese a todas sus rarezas, sus fans lo adoran, tiene casas en California, Suiza, Roma y el Reino Unido y se ha hecho muy, muy rico. Homosexual vergonzante, se presentó durante años como célibe (otra manera de hacerse el incomprendido) y no salió del armario hasta que se puso algo fanegas y vio que, cuando quisiera hacerlo, no pasaría por la puerta. Su fama de insoportable ha ido creciendo con los años y sus últimos enemigos son los árabes, a los que ha crispado declarándose fan absoluto de Israel.

Nunca sabemos con qué nos saldrá mañana, pero, teniendo en cuenta que no lo tratamos, mejor conformarnos con sus discos y su voz privilegiada. Lo de ir a verle en directo ya es una actividad de riesgo.