Alto, guapo e históricamente correcto
Susan Sarandon (Nueva York, 1946) es una actriz espléndida y, probablemente, una buena persona que se desespera viendo como Donald Trump dirige su país (aunque contribuyera levemente a su primera administración al no votar para no tener que hacerlo por Hillary Clinton, que no le parecía tan de izquierdas como Bernie Sanders). Dado su marco mental, se entiende su admiración por cualquiera que haga como que le planta cara al Hombre Naranja, pero estaría bien que hiciera un pequeño esfuerzo para no quedarse en la superficie y acabar elaborando un panegírico sobre nuestro muy discutible presidente del gobierno.
La señora Sarandon pertenece a ese sector social de los american liberals, en el que todos tienen el corazón a la izquierda y la cartera a la derecha. Suelen ser buena gente, pero su visión del extranjero es, por decirlo suavemente, difusa. A diferencia de lo más rancio de sus compatriotas, saben de la existencia de Europa, pero su conocimiento al respecto suele ser escaso y marcado por una visión tremendamente americana. Lo entendemos, Estados Unidos es un país tan grande que las diferentes madres patrias son recuerdos lejanos marcados básicamente por los tópicos. En el fondo, americanos de izquierda (si es que existe ahí la izquierda) y de derecha (¡vaya si existe!) están convencidos de que su país es el mejor del mundo y de que el american way of life debería ser exportado a todos los rincones del planeta.
Ya sé que, visto desde fuera y sin profundizar mucho, Pedro Sánchez puede parecer un hombre digno y decente. Si te falta información sobre el sujeto, como parece ser el caso de la señora Sarandon, te puedes quedar con la copla de que le planta cara a Donald Trump, de que cree firmemente en el derecho internacional y de que solo se mueve por intentar mejorar la sociedad. A nosotros nos sobra información sobre Sánchez y por eso no podemos decir de él, como hace la adorable Susan, que está en el lado correcto de la historia (lo de que es alto y guapo, vaya y pase, no seré yo quien lo niegue). Da el pego, eso sí, pero solo ante gente poco familiarizada con su peculiar manera de ir por el mundo.
Woody Allen rodó su película más ridícula en Barcelona (solo podrá ser superada por la que le va a pagar Isabel Díaz Ayuso para que inmortalice Madrid). Oliver Stone rodó sendos documentales sobre Fidel Castro y Hugo Chávez sin tomarse la molestia de aprender español. Sean Penn se llevó a Kate del Castillo a conocer al Chapo Guzmán (convenientemente seguido por agentes de la DEA) y éste acabará sus días en una prisión norteamericana, ciscándose en él.
Así actúan los liberales americanos, siempre cargados de buena intención, pero incapaces de informarse a fondo de dónde se meten y con quién se juegan los cuartos. Y Susan se vuelve a casa y nos deja aquí con ese hombre alto, guapo y en el lado correcto de la historia. Convencida, además, de que Dios nos ha bajado a ver a los españoles.
