Sueños de seductor
Todo parece indicar que Íñigo Errejón (Madrid, 1983) se metió en política para ligar, como sus compadres Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero. Iglesias llegó a vicepresidente del Gobierno antes de descubrir su auténtica vocación, la de tabernero, y casó con ambiciosa empleada del Mercadona reciclada en icono feminista, a la que hizo dos hijos y un chalet en Galapagar. De los tres, es el que ha salido mejor parado en general. Tal vez porque supo poner límites a su natural rijoso, no como los otros dos, que ejercían de pulpo sin tasa en cuanto detectaban a alguna joven progresista a la que iluminar con su sapiencia.
Monedero era un sobón de aula y cónclave que, afortunadamente para él, pasaba mucho tiempo en Venezuela, riéndole las gracias (de manera remunerada, supongo) al gorilón Maduro, recientemente extraído de su palacio presidencial en Caracas por las fuerzas del imperialismo. Pero Errejón, menos viajado, se las ha pintado solo para meter la pata de forma recalcitrante en sus acercamientos al sexo opuesto.
Primero lo denunció por sobón la actriz Elisa Mouliáa. Y hace unos días, apareció una nueva presunta víctima del sátiro progresista que no sabemos quién es, dado que su abogado mantiene oculta su identidad, aunque asegura que es muy conocida (como diciendo: cuando sepáis de quien se trata, os vais a quedar con el culo torcío).
Iñigo tiene la suerte de mostrar una cara de buen chico más que notable (bueno, entre bondadoso y tontorrón), y disfruta de su parecido con Milhouse Van Houten, el amigo de Bart Simpson. Pero su mayor potra, desde que se mueve en el Universo Rijoso, consiste en haberse topado con unas acusadoras que son oro molío para cualquier delincuente sexual, dadas sus declaraciones contradictorias, erráticas o, simplemente, delirantes: entre Elisa y la famosa desconocida, al niñato Errejón le ha bajado Dios a ver.
Primero fue el turno de la señora Mouliáa, una mujer que lo llevó a los tribunales por sobón, luego pareció que abandonaba y, finalmente, volvió al juzgado con redoblados ánimos. Su relato era de traca: conoció a Íñigo en una fiesta, el chaval se puso cariñoso, ella se lo quitó de encima por pulpo.
Hasta ahí, todo bien. Pero luego, ¿por qué acompañó al rijoso a su casa, si no quería saber nada de él, y su hijita enferma la esperaba en casa junto a un abuelito que empezaba a desesperarse? Misterio. El rijoso, claro está, se propasó en el coche y se propasó en su casa. Pero no entendemos por qué la señora Mouliáa no se fue a la suya desde el party tras sugerirle al político lascivo que se perdiera.
Ahora es el turno de la famosa desconocida. Dice que coincidió con Errejón en un bar y que, tras ponerse finos de copas y rayas, éste le sugirió una visita al retrete para que pudiera practicarle una felación. A la muchacha no le apetecía mucho, pero tampoco era cuestión de quedar mal, así que ambos fueron a lo que fueron. A continuación, la famosa acepta acompañar a Íñigo a su casa, y éste, por el camino, le desliza unos dedos en la vagina, operación que ella no ha autorizado, pero que él considera normal si tenemos en cuenta que la interfecta le acaba de comer el rabo (es decir, que se ha roto el hielo y se ha creado cierta confianza, ¿no?).
Que Íñigo Errejón va más caliente que el palo de un churrero es algo que ha quedado claro. Y que tiene tendencia a írsele la mano y a ser un presunto violador en potencia. Pero si todas sus víctimas son como estas dos mujeres, le auguro una brillante y segura carrera delictiva. ¡Y mucho más fructífera que la política!
