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Aunque apenas lo conozco, más allá de una entrevista a finales de los años 80 en su oficina de Berlín, siempre he sentido un especial cariño por el cineasta Wim Wenders (Wilhelm Ernst Wenders, Dusseldorf, 1945), probablemente porque me alegró mi primera juventud con sus primeras películas (Summer in the city, En el curso del tiempo, Alicia en las ciudades…), que yo me tragaba en la filmoteca barcelonesa en vez de acudir a mis clases en la catastrófica facultad de periodismo de Bellaterra.

Wenders me dio algo que no me daban las películas de los demás (como las novelas de su amigo Peter Handke), pues parecían hablarme directamente. A mí y a la gente como yo. Si es que había gente como yo, algo que suele dudarse a los dieciocho o diecinueve años.

Gracias a él, además, pasé una época rendido ante el nuevo cine alemán y me tragué todo lo que encontré de Rainer Werner Fassbinder, Werner Herzog o los ultra- alternativos Werner Schroeter y Rosa Von Praunheim. Cuando iba a la universidad, me llevaba un disco de Kratftwerk a guisa de escudo.

Su obra más reciente me conmueve menos. El hombre se ha radicalizado en su catolicismo y a veces parece el Ned Flanders de los Simpson. Pero sigue rodando aquello que le apetece rodar (aunque sea un documental sobre el papa Francisco) y, sobre todo, nos ahorra las perlas de su pensamiento profundo, que ya han quedado lo suficientemente claras en su obra (¿me está usted oyendo, señor Laxe?).

Este año presidía el jurado del festival de Berlín y cometió el error de decir, más o menos, que había que separar el cine de la política. Evidentemente, se le echó encima lo más granado del progresismo cinematográfico, que lamentaba la falta de referencias a la franja de Gaza y demás asuntos ciertamente preocupantes, pero sobre los que la industria del cine tiene escasa influencia. De la noche a la mañana, me convirtieron al pobre Wenders en un reaccionario. O en un fascista, directamente.

Todo el mundo tiene derecho a una opinión política sobre cualquier asunto, pero la obsesión de algunas figuras del cine mundial por sentirse relevantes (no hace falta dar nombres) a base de dejar claro permanentemente lo progresistas que son, empieza a resultar cargante. Sobre todo, si esas opiniones se emiten desde mansiones de Bel Air y junto a unas cuentas corrientes de las que nunca sale un céntimo hacia donde se necesita con urgencia. 

Wenders sabe que la política está en todas partes, incluyendo el cine, pero dudo que estuviese abogando por rodar películas frívolas y banales, de las de pasar el rato, pues eso es algo que no ha hecho en toda su vida. Si yo entendí lo que quiso decir, creo que cualquiera puede entenderlo.

A no ser que te empeñes en contradecirle porque así se refuerza tu propia imagen de ciudadano progresista. A cada uno lo suyo: el grupo U2 acaba de sacar un EP con seis canciones sobre Ucrania, Palestina y lo que haga falta para que Bono siga cultivando su imagen de santo laico (y súbito). Así que hagan ustedes el favor de dejar en paz al señor Wenders.