Oliver Laxe
Cada día me digo: hoy mismo, sin más dilación, te tragas Sirat. Pero sigo sin conseguirlo porque a lo largo de la jornada leo una entrevista con su director, Oliver Laxe (París, 1982), o me topo en Instagram con alguno de esos videos suyos en los que dice cosas profundas y se me quitan las ganas.
No sé si es un buen cineasta porque no he visto ninguna de sus películas. Y no he visto ninguna de sus películas porque el tipo me carga sobremanera (me pasa lo mismo con el escritor David Uclés, el hombre de la boina).}
Vamos a ver, no es que me caiga mal el muchacho. Parece buena persona y da muy bien en las fotos (como en las del reciente reportaje en El País, donde aparecía enmarcado en brumosos paisajes galaicos). Su look está muy trabajado: esa figura a medio camino entre Jesucristo y el gurú de alguna secta es muy resultona.
Y como es mucho más guapo que el difunto Charles Manson, se supone que, si dirigiera una secta, que no es el caso (más allá de sus devotos seguidores cinematográficos), ésta sería la única no destructiva del panorama sectario español.
Pero creo que no se hace ningún favor a sí mismo ejerciendo de profundo cada vez que le plantifican la alcachofa en la boca. Prueba de ello es que, en muy poco tiempo, se ha convertido en carne de meme y motivo de chufla para los desalmados de El Mundo Today.
Si se limitara a hacer su trabajo y defenderlo cuando se le entrevista, nadie le tendría manía y yo ya habría visto Sirat varias veces. Sé que Sergi López, hombre de natural bienhumorado, acabó de él hasta las narices, pero igual el de Vilanova i la Geltrú le dio la chapa con la independencia de Cataluña, el otro reaccionó leyéndole sus páginas favoritas de Así habló Zaratustra y la cosa acabó mal. Quién sabe…
Por regla general, la gente excesivamente intensa me pone en guardia. Y aunque la intensidad del señor Laxe sea de apariencia discreta (habla en susurros, de una manera que casi da sueño, aunque no te duermes porque estás intentando entender, sin éxito alguno, lo que pretende decirte), no por ello es menos perturbadora.
Antes de Laxe, me tenía que conformar con Albert Serra, cuya afición a epater le bourgeois me sacaba de quicio (luego se redimió con su película sobre un torero, algo para lo que en la España actual hace falta mucho cuajo), pero desde que descubrí al bueno de Oliver, entrevista a entrevista, video a video, meme a meme y sarcasmo a sarcasmo, se fue convirtiendo en mi pelmazo con fundamento favorito.
Eso sí, tanto Serra como Laxe merecen mi respeto por salirse de los estrechos márgenes entre los que se mueven los personajes progresistas del cine español, siempre moralizando, siempre señalando con el dedo, siempre erigiéndose en paladines de causas nobles (y a veces no tanto) desde sus mansiones y arropados por sus cuentas corrientes.
Serra y Laxe, por lo menos, son dos excéntricos (con un ojo en la taquilla) que se salen de lo lamentablemente normal. Ellos no están para hablar de Gaza, sino para ir a lo suyo. Se mueren de ganas de triunfar, pero se sienten solos en su relevancia y su profundidad. Compadezcámosles. O no.