Repsol volvió a dar una lección de resiliencia y capacidad de adaptación a lo largo del ejercicio 2025. Un año más, la elevada volatilidad de los mercados y las tensiones geopolíticas volvieron a convertir el sector energético en un diabólico laberinto. Y una vez más, Repsol demostró que es capaz de moverse con soltura en él y, además, encontrar una salida airosa.
Al menos, una que le permita cumplir con sus accionistas y alcanzar, al fin, el anhelo de retribuirles con un dividendo en metálico que supera la cota de un euro por acción. El hito será posible a cuenta de los resultados de 2026, año que tampoco estará exento de dificultades.
En los últimos meses, el tiempo ha dado una vez más la razón a la compañía y avalar la gestión que lidera su consejero delegado, Josu Jon Imaz. La oportunidad surgida en Venezuela, tras la detención por la Justicia de EEUU del expresidente Nicolás Maduro, pone en valor la resistencia de Repsol en un territorio que sólo le ha dado problemas desde hace muchos años.
Cuando la retirada y el paso de página se antojaba como la solución más sencilla, Repsol aguantó. Bajo la premisa de tratar con las administraciones de aquellos países en los que opera. Pero también, con la perspectiva de que llegarían tiempos mejores. Más tarde o más temprano.
Los inversores han recibido con optimismo el balance de Repsol. Las alzas próximas al 3% con las que ha cerrado la sesión han vuelto a elevar su capitalización por encima de los 20.000 millones de euros, los máximos desde la invasión rusa de Ucrania.
